La Profecía del Monte de los Olivos


La Venida del Hijo del Hombre (La Parousia) Antes que Pasara
Aquella Generación

Mat. 24; Mar.13; Luc.21

Ahora consideraremos la más explícita e íntegra de las pronunciaciones proféticas respecto a  su  venida  y  a  los  eventos  solemnes  en  relación  a  esa  venida.  Este  discurso,  o conversación, en el Monte de los Olivos, es la gran profecía del Nuevo Testamento, y puede ser llamado lógicamente “el Apocalipsis de los Evangelios”. Sobre la interpretación de este discurso profético depende la correcta comprensión de las profecías contenidas en los escritos apostólicos; porque se puede decir que no hay nada en las epístolas que no esté en los Evangelios. Esta profecía de nuestro Señor es el gran almacenamiento del cual las declaraciones proféticas de los apóstoles son adquiridas.


El punto de vista comúnmente aceptado de la estructura de este discurso (aceptado sin cuestionar por expositores y por la mayoría de los lectores) es que nuestro Señor, al contestar la pregunta de sus discípulos respecto a la destrucción del templo, confunde ese evento con la destrucción del mundo, el juicio universal y la consumación final de todas las cosas. Se supone imperceptiblemente que la profecía se desliza de los eventos relacionados a la ciudad, templo y su destino del futuro inmediato, a otra catástrofe infinitamente más gigantesca, que queda en un futuro distante e indefinido. Y tan mezcladas son las alusiones–ahora a Jerusalén y al mundo en general; ahora a Israel y a la raza humana; ahora a eventos  cercanos  y  a  eventos  indefinidamente  remotos—que  es  muy  difícil,  si  no imposible, distinguir y colocar las referencias y temas.  

Tal vez la manera más justa de exhibir los puntos de vista de aquellos que contienden por el Doble Sentido de este discurso profético, sería presentar el esquema de profecía propuesto por el Dr. Lange y adoptado por muchos expositores de renombre:

“En armonía con el estilo apocalíptico, Jesús desplegó los juicios de su venida en una serie de ciclos, cada uno de los cuales ilustra el futuro completo, pero de tal manera que con cada ciclo, la escena parece asemejarse más claramente a la catástrofe final.
  • Así que el primer ciclo delinea todo el concurso del mundo hasta el fin, en sus características generales (vv.4-14).
  • El  segundo  ciclo  da  las  señales  de  la  destrucción  de  Jerusalén  que  se acercaba y pinta esta devastación como una señal y un comienzo del juicio del mundo, que desde ese día en adelante procede en días silenciosos de juicio hasta el último día (vv.15-28).
  • El tercer ciclo describe el fin no repentino del mundo y el juicio que procede (vv.29-449.
  • Luego sigue una serie de parábolas y similitudes en las cuales el Señor pinta el juicio mismo, que se despliega en          una sucesión organizada de varios eventos.
  • En el último acto Cristo revela su majestuosidad judicial. Capítulo 24:45-51 exhibe el juicio de los siervos de Cristo, o los clérigos.
  • Capítulo 25:1-13 (las vírgenes prudentes e imprudentes) exhibe el juicio sobre la iglesia, o del pueblo.
  • Luego sigue el juicio de los miembros individuales de la iglesia (vv.14-30).
  • Finalmente (vv.31-46) introduce el juicio universal del mundo”.1
No muy disimulado es el esquema propuesto por Stier quien encuentra tres diferentes venidas de Cristo, que cubren una a la otra:

1.   La venida del Señor para enjuiciar al judaísmo
2.   Su venida para enjuiciar al degenerado cristianismo anti-cristiano.
3.   Su venida para enjuiciar a todas las naciones paganas, el juicio final del mundo

Todas estas venidas juntas son el retorno de Cristo y en cuanto a su similitud y diversidad son más exactamente descritos por la boca de Jesús y narrados por Mateo.2

Tal es el esquema tan elaborado y complicado adoptado por algunos expositores; pero hay objeciones obvias y graves que entre más se examinan, parecerán terribles y fatales:

1. Una objeción es, inlimine, a los principios envueltos en este modo de interpretar la Escritura. ¿Debemos buscar sentidos dobles, triples y múltiples de profecías dentro de otras profecías, y misterios envueltos en otros misterios? ¿Dónde podemos razonablemente encontrar una respuesta a esta pregunta sencilla? ¿Puede alguien siquiera, estar seguro que su entendimiento de las Escrituras si son así de enigmáticas y obscuras? ¿Es esta la manera de enseñar a sus discípulos, dejándoles al tanteo en los laberintos, irresistiblemente sugestivos de la astronomía Ptolomea, “ciclo por epiciclo, orbe por orbe”? Seguramente tan ambigua revelación no es revelación, y parece más como un oráculo Delfino o un Cibil Cumeano que una enseñanza de quien la gente escuchaba atentamente.

2. No es gico pensar que si la exposición de Lange y Stier fuera correcta, los discípulos hubieran podido comprender a Jesús en el Monte de los Olivos. A veces eran muy lentos para entender las palabras de su Maestro; pero se requiere una penetración extraordinaria de su parte para orientarse en vista de tantas venidas, series de ciclos, cada uno simbolizando todo el futuro, pero de tal manera que con cada ciclo la escena se aproximaba más y más a la catástrofe final.

1 Lange, Comm. on Matt. p. 418
2 Stier. Red. Jes. vol. iii. 251


No es fácil que el lector común y corriente siga al crítico ingenioso por todo su esquema complicado; y es claro que los discípulos deben haberse quedado desorientados en una ráfaga de crisis y catástrofes ocurridas desde la caída de Jerusalén hasta el fin del mundo.
¡Ah! Pero se nos dice que no importa si los discípulos comprendieron o no, porque no fue a ellos a quienes él se dirigía, sino a edades futuras, a generaciones todavía no nacidas, quienes estaban destinadas a encontrar la interpretación correcta de la profecía que los discípulos originales no pudieron encontrar. No hay palabras lo suficientemente fuertes para repudiar tal sugestión. Los discípulos llegaron a su Maestro con una pregunta sencilla y precisa. Es increíble que les hiciera burla contestándoles con una respuesta ininteligible. El Salvador quiso que sus discípulos lo comprendieran y debemos pensar que así sucedió.

3.  La  interpretación  que  estamos  considerando  parece  estar  fundada  en  una  mala aprehensión de la pregunta hecha al Señor por sus discípulos, y también de su respuesta.

Se asume generalmente que los discípulos llegaron al Señor con tres preguntas diferentes, relacionadas a eventos separados por intervalos grandes de tiempo:

a.  que la primera pregunta¿cuándo serán estas cosas?”, se refiere a la destrucción del templo que se acercaba;
b.  que la segunda y la tercera preguntas ¿qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo? se refieren a eventos muy posteriores a la destrucción de Jerusalén y en realidad todavía no cumplidos.

Se supone que la respuesta de nuestro Señor se conforma a estas tres preguntas, y que el reconocimiento de tres preguntas en vez de una sola, da forma a todo el resto de su discurso.

Pero es improbable que los discípulos pudieran haber tenido bien trazada tal cosa en sus mentes. Sabemos que acababan de ser sorprendidos y escandalizados por la predicción del Maestro sobre la destrucción total de la casa gloriosa de Dios que acababan de admirar tanto. Todavía no se habían recobrado de la sorpresa que se llevaron, cuando después vinieron a Jesús con su pregunta ¿cuándo serán estas cosas? etc. ¿No es razonable suponer  que  un  solo  pensamiento  les  posesionó  en  ese  momento  –la  calamidad  que esperaba a la estructura magnífica, la gloria y hermosura de Israel?

¿Es razonable que estuvieran preocupados con un futuro tan distante? ¿No se centraban sus almas en el destino del templo? Y, ¿No han de haber estado ansiosos de saber cuáles señales  serían  dadas  antes  de  esa  destrucción  del  templo?  Si  relacionaban  en  su imaginación la destrucción del templo con la disolución de la creación y el cierre de la historia humana, es imposible decir; pero podemos concluir que el pensamiento primordial en su mente era la declaración que acaba de hace el Señor: De cierto os digo, que no quedará  aquí  piedra  sobre  piedra,  que  no  sea  derribada.”  Deben  haber  deducido  del lenguaje del Salvador que esta catástrofe era inminente; y su ansiedad residía en saber el tiempo y las señales del acontecimiento. San Marcos y San Lucas escriben la pregunta con referencia a un solo evento y un solo cumplimiento: ¿cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando todas estas cosas hayan de cumplirse?”. De estos otros dos evangelios deducimos que las preguntas de los discípulos solo se refieren a diferentes aspectos del mismo evento. Esto armoniza las declaraciones de San Mateo con las de los otros evangelistas y es requerido por las circunstancias del caso.

4. La interpretación que estamos discutiendo también descansa en una interpretación incorrecta de la frase “fin del mundo” (aeion). Esta es una mala traducción que aparece en algunas traducciones modernas. Aeion no significa planeta tierra, sino edad y se refiere a un periodo de tiempo. Tampoco se refiere a un siglo de años (cien años). Fin de la edad” quiere decir el cierre de la edad judía o dispensación que se estaba acercando a su fin. Todos estos pasajes que hablan del fin”, fin de la edad” o “fin de las edades” se refieren a la misma consumación, y tiempo a un “fin” que estaba cerca. En 1Cor.10:11 San Pablo dice que el fin de las edades había llegado a ellos, implicando que se consideró a mismo y a sus lectores como viviendo cerca de la conclusión de una aeion o edad.

Así que, en la Epístola a los Hebreos, encontramos la expresión interesante:

Heb.9:26: ahora, en la consumación de los siglos (edades)”, Erróneamente traducido en algunas traducciones mundo”.
se presentó una vez para siempre por el sacrificio de mismo para quitar de en medio el pecado

Esta declaración demuestra claramente que el escritor consideraba que la encarnación de Cristo tomó lugar en el fin de la aeion o periodo dispensacional. Suponer que quiso decir que este evento ocurrió cerca al fin del mundo o la destrucción del globo material, sería lo mismo que acusarle de haber escrito una historia falsa y utilizar una mala gramática. No podría ser la verdad porque el mundo ya ha perdurado mucho más desde la encarnación que toda la duración de la economía mosaica, desde el éxodo hasta la destrucción del templo. Es inútil decir que “fin de la edad” puede referirse a un periodo extendido, desde la encarnación a nuestro tiempo y más allá de nosotros aún. Esto sería un aeion y no el cierre de un aeion. La edad de la cual nuestro Señor hablaba, era el cierre de una gran catástrofe; una calamidad no es un proceso prolongado, sino un acto definitivo y culminante.

Nos hallamos impulsados entonces a concluir que “fin de la edad” se refiere solo a la terminación de la era judía.

5. Se ha dicho que aunque se admite que los apóstoles hayan estado ocupados exclusivamente con el fin del templo y los eventos de su propio tiempo, no hay razón para que el Señor no sobrepasara los límites de su visión y echar un vistazo a las edades futuras. Pero en ese caso, podríamos esperar encontrar alguna insinuación del hecho; alguna línea bien definida entre el futuro inmediato y el futuro indefinido. Si el Salvador fuera a pasar de Jerusalén y su día de destino, al mundo en general y su día de juicio, entonces debería haberlo indicado utilizando alguna frase como “después de muchos días” o, “después de estas cosas pasará estas otras”, para así marcar la transición. Pero buscamos en vano tal indicio. Los intentos de los expositores para marcar estas líneas de transición en la profecía de Mateo 24, demostrando donde el pasaje deja de hablar de Jerusalén y de Israel y pasa a eventos remotos y a generaciones todavía no nacidas, son totalmente inadecuados. Nada puede ser más arbitrario que las divisiones que han hecho; no soportan un examen ni por un momento, y son incomparables con las declaraciones expresas de la profecía misma. ¿Se puede creer que algunos expositores encuentran una transición en Mateo 24:29, donde las palabras del Señor mismo hacen esta idea totalmente inadmisible por su propia nota del tiempo “inmediatamente”.

Si ante esta autoridad, tal sugestión tan impulsiva puede ser propuesta, entonces ¿qué se puede esperar en los casos menos  marcados? Pero, en realidad, todos los intentos de establecer divisiones y transiciones imaginarias en la profecía fallan miserablemente.

Dejemos que el lector juzgue el esquema del Dr. Lange, quien puede ser considerado un buen representante de la escuela de expositores del Doble Sentido en su comentario sobre el discurso del Señor en Mat.24. El lector dirá si es posible discernir una división natural en el capítulo, como lo hace el Dr. Lange. Su primera sección del versículo 4 hasta el 14 la nombra:

“Las Señales y la Manifestación del Fin del Mundo en General”

¿Qué? ¿Es posible que nuestro Señor, cuando estaba a punto de responder a los discípulos impacientes, empiece hablando del “fin del mundo” en general? Ellos estaban pensando en el templo y el futuro inmediato a ellos. Entonces ¿hablaría Cristo del mundo y lo indefinidamente remoto? ¿Habría algo en esta primera sección que no sea aplicable a los discípulos y a su tiempo? ¿Habría algo que realmente no pasó en su día?

“¡Sí!, nos dice Lange: “el evangelio todavía no ha sido predicado en todo el mundo para un testimonio a todas las naciones”. Pero tenemos ese hecho garantizado por San Pablo:

Col.1:5,6,23: la palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo…. la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo

Hubo entonces, una difusión del Evangelio tal, que satisfizo la predicción del Salvador: “será predicado este evangelio del reino en todo el mundo”. Pero la objeción más decisiva contra el esquema del Doble Sentido es la que nota que todo el pasaje está dirigido a los discípulos y           habla de lo que ellos iban a ver, lo que ellos iban a hacer, lo que ellos sufrirían; la totalidad del pasaje cae dentro de la observación de ellos y de su experiencia, y no fue dirigido a una audiencia invisible, en una era futurista que todavía no ha empezado aún.

La siguiente división de Lange, comprende del versículo 15 hasta el 22 y es titulada:

“Las Señales del Fin del Mundo en Particular” “(a) La Destrucción de Jerusalén”
Sin detenerse a investigar la relación de estas ideas, es finalmente suficiente, encontrar a


Jerusalén  introducida  en  el  esquema.  Pero,  ¡qué  equivocada  la  transición  del  “fin  del mundo” hacía atrás a la invasión de Judea y el sitio de Jerusalén! ¿Podrían los discípulos haber comprendido tal regresión repentina e inmensa del futuro al pasado? ¿Podría haber sido inteligible para ellos, o para nosotros ahora? Y fíjense en el punto de transición establecido por Lange en el versículo 15: cuando veáis en el lugar santo la abominación, etc.”. Esto, claro está, no es una transición, sino más bien una continuidad: todo lo que precede al versículo 15 nos lleva a este punto; las guerras, la hambruna, las pestilencias, las persecuciones, los martirios, todos fueron eventos preparatorios e introductorias al “fin”, es decir, a la catástrofe final que iba a alcanzar a la ciudad, el templo y la nación de Israel

Luego sigue un párrafo, el versículo 23 hasta el 28, que Lange llama:

“(b) Intervalo de un juicio parcial y suprimido”

Este título es un ejemplo de la exposición arbitraria y fantástica. Hay algo incongruente y contradictorio en estas palabras. Un día de juicio implica publicidad y manifestación, no el silencio y la supresión. Pero, ¿cuál es el sentido de “días silenciosos y suprimidos de juicio” que continúan desde la destrucción de Jerusalén hasta el fin del mundo? Si hay un sentido en el cual Dios está siempre juzgando al mundo, esto puede decirse de cualquier periodo, antes,  como  después  de  la  destrucción  de  Jerusalén.  Pero  lo  más  insultante  de  esta exposición es la manera como trata la palabra “entonces” (p.62; versículo 23). Lange dice: “entonces (es decir, en el tiempo que interviene entre la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo)…” ¡Qué “entonces” tan prodigioso! Ya no es un punto de tiempo, sino una aeion, un vasto e indefinido periodo; y durante todo este tiempo las declaraciones del párrafo, desde el versículo 23 al 28, están en proceso de cumplimiento. Pero cuando volvemos a la profecía misma, no se encuentra ni una mención de una transición de una época a otra. El uso de “entonces” es decisivo contra la idea de transición. Nuestro Salvador prepara a los discípulos contra los defraudadores e impostores que infestaban los últimos días de la comunidad judía; y les dice “entonces” (es decir, en ese punto de tiempo, en el tiempo de la agonía de la guerra judía) Mirad, aq es el Cristo, o mirad, al está, no lo creáis etc. Es Jerusalén, siempre Jerusalén y solo Jerusalén, sobre la cual nuestro Señor aquí habla.

Y después de leer más del esquema de Lange llegamos a:

“El Fin Efectivo del Mundo (vv.24-31)”

Habiendo hecho la transición del “fin del mundo hacia atrás a la destrucción de Jerusalén, el proceso ahora se vuelve otra vez y hay otra transición, de la destrucción de Jerusalén hacía el fin efectivo del mundo”. Este fin efectivo se coloca después de la manifestación de los falsos cristos y falsos profetas, contra quienes los discípulos fueron advertidos. Esta alusión a los falsos cristos debería haber ahorrado al crítico la equivocación que cometió, de haber indicado el periodo al cual la profecía se refiere. Pero, ¿dónde está una señal de una división o transición aquí? No hay nada; por el contrario, el lenguaje expreso de nuestro Señor excluye siquiera la idea de un intervalo; porque dice: E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días”, etc. Esta nota del tiempo es decisiva y prohíbe la suposición de un rompimiento en la continuidad del discurso de Cristo.


Pero ya hemos hablado bastante, demostrando la arbitrariedad del trato de Lange a esta profecía, y hemos expuesto la exégesis prematura de algunas porciones. Lo que contendemos es la unidad y continuidad de todo el discurso. Desde el principio del capítulo
24 de San Mateo al fin del 25, es uno, e indivisible. El tema de la consumación de la edad, con los eventos asociados; los “ayes” que iban a alcanzar a esa “mala generación” que comprenden la invasión de los ejércitos romanos, el sitio y la captura de Jerusalén, la destrucción total del templo, las calamidades terribles del pueblo. Junto con todo esto hay la Parousia o “venida” del Hijo del Hombre, la ejecución judicial de la ira divina sobre los impenitentes y la liberación y recompensa de los fieles. Desde el principio hasta el fin, estos dos capítulos forman un discurso continuo, consecutivo y homogéneo. Así lo han de haber entendido los discípulos a quienes fue dirigido; y la ausencia de indicación alguna al contrario, opinamos a considerarlo así.

6. Para concluir, hay otro punto que tiene mucho que ver con la interpretación errónea de esta profecía: la apreciación inadecuada de la importancia y grandeza de la consumación de la edad, la abrogación de la dispensación judía.

Este fue un evento que formó una época en el gobierno divino del mundo. La economía mosaica, que fue introducida con pompa y esplendor, entre truenos y rayos desde el Sinaí, existió por 16 siglos y había sido el medio instituido de comunicación entre Dios y el hombre, y  fue concebido a realizar un reino de Dios en la tierra. Esta economía demostró ser un fracaso comparativo, por razón de torpeza moral del pueblo de Israel, y fue destinada a terminar con una tremenda demostración de la justicia y la ira de Dios. El templo de Jerusalén, que por edades fue la gloria y la corona del Monte Sión, el memorial sagrado, en cuyo Lugar Santo Jehová estaba dispuesto a morar; la casa santa y bella, que fue el paladín de la seguridad de la nación, y era más amada que la vida misma para cada hijo de Abraham, estaba a punto de ser denigrada y destruida, hasta que ni sola una piedra quedaría sobre otra. El pueblo escogido, los hijos del Amigo de Dios, la nación favorecida, con quien el Dios de toda la tierra se comprometió por medio de un pacto y les permitió llamarle su Dios; este pueblo fue alcanzado por las calamidades más terribles que han ocurrido a una nación; fueron expatriados, destituidos de su nacionalidad, excluidos de su antigua relación peculiar con Dios y expulsados para vagar por la faz de la tierra, siendo burlados por las naciones.

Pero con todo esto, hubo cambios que fueron para el bien. Primero y principalmente, el cierre de la edad daría lugar al Reino de Dios. Habría honor y gloria para los siervos verdaderos y fieles de Dios, quienes entonces entrarían a la posesión plena de la herencia celestia (Esto   se   desplegará   más   ampliamente   e el   siguiente   artículo   e esta investigación). Pero también hubo un cambio glorioso en este mundo. El viejo pacto dio lugar al nuevo; la ley fue reemplazada por el Evangelio; Moisés fue sustituido por Cristo. El sistema exclusivo, que abarcaba a un solo pueblo, fue sucedido por un nuevo y mejor pacto, que abarcó a toda la familia del hombre, y no conoce diferencia entre judío y gentil, circunciso e incircunciso. La dispensación de símbolos y ceremonias, propia para la niñez de la humanidad, fue unida en un orden de cosas en la cual la religión llegó a ser un servicio espiritual, cada lugar un templo, cada adorador un sacerdote, y Dios el Padre universal.


Esta fue la revolución más grande que cualquier otra que haya ocurrido en la historia de la humanidad. Fue un nuevo mundo; un mundo venidero”, la magnitud e importancia de un cambio que es imposible subestimar. Es esto que da tanto significado a la caída del templo y la destrucción de Jerusalén: estas eran las señales externas y visibles de la abrogación del viejo orden y la introducción del nuevo. La historia del sitio y la captura de la Santa Ciudad no es simplemente un episodio histórico fascinante, como es el sitio de Troya o la caída de Cartago; no es simplemente la escena del cierre en las memorias de la antigua nación; tiene un significado divino y sobrenatural; tiene una relación con Dios y con la raza humana y señala una de las épocas más memorables del tiempo. Esta es la razón por que el evento es mencionado en la Escritura con términos que parecen ser exagerados. Pero fue correcto que la introducción de esa economía fuera señalada por portentos y maravillas, temblores, rayos, truenos y trompetas. No fue menos correcto que terminara esta época con fenómeno similar,  cosas  temerosas  y  grandes  señales  del  cielo.  Si  el  significado  verdadero y  la grandeza del evento hubieran sido comprendidos por los expositores, no se hubiera encontrado extravagante o exagerado el lenguaje que usó nuestro Señor al describirlo.

Ahora estamos preparados para entrar en un re-examen particular del contenido de este discurso profético; que haremos lo más conciso posible.






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