El Apocalipsis de los Evangelios


Milton S. Terry
(1898)



EL APOCALIPSIS DE LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS


La enseñanza de Jesús concerniente al “fin del siglo” y al “Hijo del hombre viniendo en las nubes”, como aparece en Marcos 13, Mateo 24, y Lucas 21, parece haber sido presentada en los últimos días de su ministerio y en relación con una predicción de la destrucción del templo judío en Jerusalén. La profecía entera, tal como la presentan los informes de todos los evangelios sinópticos es mayormente de un carácter tan apocalíptico o escatológico que justifica el título de “apocalipsis de los evangelios”. Un cuidadoso análisis de su composición y una exposición de su ocasión, alcance, y significado son un preliminar necesario al estudio del Apocalipsis de Juan.
I. LAS DIFERENTES TEORÍAS DE INTERPRETACIÓN
La variedad de opiniones sobre este discurso escatológico es muy notable. Es difícil clasificar los diferentes puntos de vista. Quizás no haya ningún otro pasaje en cuya exposición podamos observar un mayor despliegue de prejuicio dogmático. Este último hecho es el principal obstáculo para un estudio calmado e imparcial de la profecía. Los racionalistas extremos, así como los arrogantes teólogos confesionales, han hecho tantas afirmaciones inadecuadas en cuanto a lo que Jesús pudo o no pudo haber tenido en mente, lo que sabía o lo que pudo haber sabido, que uno casi puede perder las esperanzas de llegar a algún consenso general. En consecuencia, el camino a una exposición científica queda obstruido hasta un punto en que es bastante descorazonador para el sobrio buscador de la verdad. Sin embargo, presentamos la siguiente exposición.
Se han empleado por lo menos tres hipótesis diferentes para explicar este pasaje. (1) Hay la que considera el discurso en su forma actual como una composición de materiales incongruentes. Se supone que los escritores de nuestros evangelios sinópticos interpretaron mal gran parte de lo que el Señor dijo, y que fundieron en un solo discurso varias declaraciones que originalmente fueron pronunciadas en ocasiones diferentes. (2) Otra clase de intérpretes encuentra en estas palabras de Jesús enseñanzas concernientes a dos acontecimientos enteramente diferentes, ampliamente separados en el tiempo, a saber, la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo. (3) Un tercer método de interpretación sostiene que la profecía entera puede ser explicada sencillamente hallando su cumplimiento en la destrucción del templo y la introducción del cristianismo en el mundo.
1. La hipótesis sobre elementos incongruentes y contradictorios nos llega en varias formas. Una clase de críticos afirma que el discurso contiene la substancia de un apocalipsis judeo-cristiano que desde muy temprano se confundió con los dichos tradicionales de Jesús. En consecuencia, una porción considerable de lo que aquí se atribuye a Jesús pertenece a un autor diferente. Kern nos dice que “este trozo de literatura ha de atribuirse, sin duda alguna, no a Jesús, sino a un cristiano judío que vivió hacia el fin del período apostólico y que, en vista de la inminente catástrofe del templo y de la santa ciudad, dedicó a los cristianos y a los judíos las revelaciones, los consejos, y el consuelo de Jesús, e hizo esto evidentemente de una sola vez y por escrito, no oralmente”. [1] Este autor considera evidente que esta composición data de aun antes del sitio de Jerusalén, y en esto discrepa con varios críticos que sostienen puntos de vista similares a los suyos pero que sostienen que el pasaje pertenece a un período posterior a la destrucción de la capital judía. Pero esta teoría de un documento anónimo judío o cristiano judío, que nuestros evangelios han incorporado sin reconocimiento y complicado con algunos dichos genuinos de Jesús, carece de toda prueba razonable, y obviamente es una mera conjetura casual. Ha creado más dificultades de las que presume resolver.
Otra forma de la hipótesis es la de que los evangelistas añadieron a las palabras de nuestro Señor algunas cosas que él no dijo. En el proceso de transmitir oralmente los muchos dichos de Jesús, ciertas ideas incongruentes se mezclaron con ellos, y se unieron  tan estrechamente con ellos que, cuando los dichos se escribieron por primera vez, fue imposible separar la verdadera forma original de sus adiciones. El resultado es que no tenemos un informe exacto y digno de confianza de lo que Jesús dijo en la ocasión a la que se alude. Sin embargo, todo esto es pura teoría y, de acuerdo con los varios conceptos de los críticos, también podría aplicarse a otros dichos de Jesús que están registrados en los tres evangelios sinópticos.
Otra forma de la hipótesis, menos objetable, es la que permite la legitimidad de todos estos dichos de nuestro Señor, pero insiste en que han sido confundidos por los compiladores de nuestros evangelios, y que secciones enteras han sido insertadas fuera de su propia conexión. Mateo registra en 24:17, 23, 27, 28, 37, 40, 41 lo que Lucas refiere a una ocasión diferente (compárese con Lucas 17:20-37). Compárese también Mat. 24:43-51 con Lucas 12:39-46.
Desde luego, cualquier intento de discutir los contextos de las secciones paralelas en los evangelios tiene que habérselas con los resultados críticos del llamado “problema sinóptico”. Reconocemos el hecho de que la tradición más antigua de una compilación de dichos (logia, es decir, de Jesús), escrita en arameo por Mateo, está bien sustentada por la evidencia interna vista en el lenguaje y la estructura peculiares de nuestros actuales evangelios de Mateo y Lucas, y ha de ser considerada como una de las fuentes principales de estos dos evangelios. La misma tradición informa que el evangelio de Marcos fue escrito  bajo la supervisión y el dictado de Pedro, y todo en el peculiar carácter de este evangelio parece estar en armonía con la hipótesis de este origen. He aquí, pues, por lo menos dos fuentes originales del contenido de los evangelios sinópticos. Que Marcos es mayor que nuestro actual Mateo, y fue usado en su compilación, puede admitirse en seguida, pero parece estar por decidirse si las logias o los dichos de Mateo no eran más antiguos que Marcos. Algunos sostienen que el autor del segundo evangelio tenía delante de sí las logias de Mateo y las usó ligeramente pero, como no era el propósito de ese evangelio incorporar largos discursos, se puede hallar en él muy poco de la obra de Mateo. Nuestro propósito queda satisfecho suficientemente al aceptar la ahora actual hipótesis de las fuentes principales, a saber, los dichos de Mateo y el evangelio de Marcos. No intentaremos establecer cuál de estas dos tiene prioridad. [2] Pero nuestro actual Marcos es el más antiguo de los evangelios sinópticos; el evangelio de Mateo es el siguiente en el tiempo, e incorporó los dichos originales en el marco histórico de Marcos. El evangelio de Lucas es el último de los tres, y usó los otros dos y también otras fuentes ahora desconocidas para nosotros.
Siendo así estas cosas, es simplemente una cuestión de crítica comparativa hasta qué punto es digno de confianza el discurso de Jesús, tal como está escrito en Marcos 13, como registro de lo que nuestro Señor dijo en la ocasión a la que se hace referencia. Es el único ejemplo de un discurso largo que se halla en el evangelio de Marcos. En lo principal, concuerda con Mateo 24 y Lucas 21. Hasta donde concuerdan los tres informes, es ciertamente el mejor autenticado de todos los discursos de duración similar que tenemos preservados en los sinópticos. Por consiguiente, consideramos como gran presunción insistir en que cualesquiera de los dichos que todos los tres sinópticos concuerdan en atribuir a Jesús en esta ocasión fueron insertados fuera de su contexto propio. Para que sea de valor, tal afirmación debe estar sustentada por el tipo más imperativo de evidencia. [3]
Nuestra opinión es (1) que, aparte de lo que es peculiar a Mateo y a Lucas, sólo Marcos 13 contiene todos los elementos de supuesta incongruencia en estos dichos escatológicos de Jesús, de modo que ninguna verdadera dificultad de esta clase es eliminada al quitar secciones que son peculiares a Mateo y a Lucas, ni son colocadas por ellos en un contexto diferente. Por ejemplo, podemos eliminar de Mateo 24 los pasajes (versículos 26-28 y 43-51) que Lucas asigna a otra ocasión (Lucas 17:22-37 y 12:39-46), y todas las verdaderas dificultades de la exposición continúan teniendo la misma fuerza plena. Afirmamos (2), además, que la parábola de las diez vírgenes en Mateo 25:1-13 y el sublime cuadro del juicio en Mateo 25:31-46, aunque no se hallan en ningún otro lugar, no contienen nada inconsistente con la enseñanza de lo que es común a todos los evangelios y nada fuera de lugar en el contexto en que lo encontramos. La parábola de los talentos es esencialmente equivalente en su doctrina a la de las minas (compárese con Lucas 19:13-27 y Mateo 25:14-30), y la lección sobre velar que se enseña en Mateo 25:1-13 está virtualmente expresada en imágenes similares en Lucas 12:35-37. (3) Además, mediante una exégesis válida, puede demostrarse que las palabras y frases que son peculiares a Mateo o a Lucas no son incongruentes con lo que está escrito en Marcos; y donde tenemos razón, como en Lucas 21:20, para creer que el escritor ha cambiado a propósito el lenguaje de los dichos en  Mateo, del cual copió, no puede demostrarse que ha introducido nada que cambie materialmente el significado y el alcance del discurso como un todo.
Por consiguiente, nos atenemos a la conclusión de que ninguna re-disposición del material ni ninguna teoría de la composición de este discurso, que suponga que está compuesto de elementos incongruentes, ha logrado hasta ahora eliminar las dificultades de su exposición o proporcionar una explicación más satisfactoria de sus palabras. [4]
2. La hipótesis que supone que dos eventos diferentes, a saber, la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo, son el tema de esta profecía, llega a nosotros en dos formas. Ambas aceptan la legitimidad de los registros evangélicos y sostienen que los dos eventos se complementan entre sí; pero, para una clase de expositores, hay una línea divisoria entre lo que se refiere a la caída de Jerusalén y lo que se refiere a la futura venida de Cristo, mientras que, para la otra, no se reconoce ninguna línea divisoria, sino que el discurso entero se interpreta sobre la teoría de un doble sentido. Sin embargo, cuando una de las escuelas de interpretación trata de señalar la línea divisoria, hay tantas diferencias de opinión como hay intérpretes. Por ejemplo, en Mateo 24 y 25, Bengel y otros ponen la transición en 24:29; E. J. Meyer la pone en el versículo 35; Doddridge, en el versículo 30; Kuinoel, en el versículo 33; Eichhorn, en 25:14; y Wetstein, en 25:31. En vista de estas notables diferencias de juicio, otra clase de escritores rechaza todos los intentos de encontrar un punto de transición de un tema al otro, e imagina que el discurso entero puede tener un doble significado. Lange piensa que el gran futuro está representado en una serie de ciclos, cada uno de los cuales muestra a su manera el rumbo del mundo y sus varios juicios hasta el fin. [5] Alford dice que “dos interpretaciones paralelas corren a través de la primera parte (de Mateo 24) hasta el versículo 28, estando tanto la destrucción de Jerusalén como el juicio final envueltos en las palabras, pero predominando la primera en esta parte del capítulo. Desde el versículo 28, el tema menor comienza a ser absorbido por el mayor, y la segunda venida de nuestro Señor es el tema predominante, quizás con ciertas indicaciones arrojadas, por decirlo así, contra el evento inmediatamente en cuestión; hasta que, en la última parte del capítulo, y en la totalidad del siguiente, los temas son la segunda venida y, por fin, el juicio final que le sigue”. [6]
Apenas es necesario contradecir las suposiciones de un doble o un triple significado, como hemos explicado aquí. Podemos dejar que la exposición construida sobre ello caiga por su propio peso. En la actualidad, pocos lectores de los evangelios quedarán satisfechos con una teoría de la exégesis que hace a Jesús argumentar con sus discípulos en un doble sentido como éste; y en cuanto a los intentos por demostrar una línea divisoria entre lo que se refiere a la caída de Jerusalén y lo que se refiere a una venida de Cristo todavía futura, las notables diferencias de opinión en cuanto al punto de transición de un tema al otro son de una naturaleza que lo hace a uno sospechar de la hipótesis.
3. Queda la hipótesis que reconoce la unidad substancial del discurso y sostiene que todos estos dichos de Jesús soportan una explicación consistente y satisfactoria como de una profecía de lo que estaba en el futuro cercano cuando Él los pronunció. La destrucción del templo judío y el subsiguiente establecimiento del nuevo reino de Cristo en el mundo son el tema principal. Adoptamos esta hipótesis como la única explicación sostenible del lenguaje que todos los tres evangelistas sinópticos atribuyen a Jesús en la ocasión en que concluyó su enseñanza en el templo. [7] En cuanto a las porciones que son peculiares bien a Mateo o a Lucas, han de ser tratadas de acuerdo con su mérito intrínseco y su relevancia a la ocasión.
Esta interpretación tiene la ventaja de los hechos incuestionables de que tanto la decisiva eliminación del culto nacional judío como el triunfal establecimiento del cristianismo en el mundo datan de más o menos el fin del período apostólico. Era parte del orden divino del reino de Cristo que el evangelio se predicara primero a las naciones y se obtuviera un testimonio imperecedero entre los hombres antes del fin de la era antigua.
II. ENSEÑANZAS PARALELAS EN LOS EVANGELIOS SINÓPTICOS
Antes de proceder a la exposición del tema principal, examinaremos primero los varios pasajes de enseñanzas similares que han sido registrados en una conexión diferente.
Las afirmaciones de Mateo 10:21-23 ocurren en relación con las instrucciones del Señor a los discípulos cuando les envió a predicar el gran mensaje: “El reino de los cielos se ha acercado” (versículo 7). El lenguaje de los versículos 21 y 22 es idéntico al de Marcos 13:12,13, y notablemente paralelo al de Lucas 21:16-19. Lo que es peculiar a Mateo es el versículo 23: “Pero cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre”. La venida del Hijo del hombre debe entenderse aquí como en todos los otros pasajes. Rechazar el pasaje como una interpolación del evangelista o de algún escritor posterior ciertamente sería arbitrario. Puede ser que las palabras hayan sido insertadas aquí en un contexto erróneo, pero no hay evidencia de ello. Ya sea que las leamos en relación con la primera comisión apostólica o como parte del discurso en el Monte de los Olivos, su significado es el mismo, y no inapropiado en un contexto o en el otro. El Señor asegura a sus discípulos que, antes de que ellos hayan completado la obra de su ministerio apostólico en las ciudades de Israel, el Hijo del hombre vendría. No se detiene a decir qué puede significar la venida del Hijo del hombre, y a pesar de cualquier cosa que se diga o se dé a entender en contrario, el ministerio apostólico continuaría después de la venida del Señor, así como antes de él. [8] Sobre este punto, tendremos más que decir en relación con Mateo 24:14; pero podemos adelantar aquí que el verdadero significado de frases como “la venida del Hijo del hombre” y “la venida en su reino” debe ser entendido a la luz de las profecías mesiánicas en el Antiguo Testamento.
El siguiente pasaje en que hay que fijarse es Mateo 16:27, 28, que debe ser comparado con Marcos 8:38; 9:1, y Lucas 9:26, 27. Aquí observamos algunas ligeras diferencias en la fraseología, y Marcos y Lucas introducen antes del pasaje la afirmación de que, cuando el Hijo del hombre viniera en su gloria, Él se avergonzaría de los que ahora se avergonzaban de Él y de sus palabras. Pero hay que observar que Mateo 10:32, 33 y Lucas 12:8, 9 informan sobre las palabras de Jesús de una manera notablemente paralela a éstas. Pero todos los tres escritores sinópticos concuerdan en poner la afirmación  principal de este pasaje en el mismo contexto, e inmediatamente antes de sus relatos de la transfiguración. El lenguaje de Jesús, tal como aparece en cada evangelio, es el siguiente:
MATEOMARCOSLUCAS
Porque el hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras. De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su reino.Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles. También les dijo: De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder.Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles. Pero os digo en verdad, que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios.
Se ha hecho toda clase de esfuerzos para evadir el sencillo significado de estas palabras, pero todos ellos se originan en el prejuicio dogmático de que la venida del Hijo del hombre en su gloria debe ser, por necesidad, un acontecimiento futuro, lejos del momento en que estas palabras se pronunciaron. Algunos han entendido que la referencia es a la transfiguración, que todos los tres autores sinópticos registran inmediatamente después. Pero dos objeciones decisivas impiden esta referencia: (1) ese suceso ocurrió sólo seis u ocho días después; y (2) ese suceso no podría, con ninguna propiedad, llamarse una venida del Hijo del hombre en la gloria de su Padre con los ángeles, ni la venida en su reino. Otros han distinguido entre la venida de Cristo en la gloria de su Padre con los ángeles y la venida en su reino, por una parte, y la venida de su reino. Pero nosotros nos inclinamos a creer que muy pocos pueden ser persuadidos finalmente, con los paralelos de los evangelios ante ellos, de que nuestro Señor quería referirse a dos acontecimientos separados por siglos. Si ésta hubiera sido su intención, ciertamente podría haber empleado un lenguaje menos ambiguo y que menos probablemente hubiese confundido las mentes de sus discípulos. La clara enseñanza del pasaje es que, antes de que algunos de los que le oyeron hablar hubiesen muerto, el Hijo del hombre vendría en gloria y su reino sería establecido con poder. Y esta enseñanza está estrictamente de acuerdo con lo que se enseña en Mateo 24 y sus paralelos en Marcos y Lucas.
Ningún estudio de Marcos 13 y sus paralelos en Lucas y Mateo debería dejar de compararlos con lo que está escrito en Lucas 17:20-37:
Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí que el reino de Dios está entre vosotros.

Y dijo a sus discípulos: Tiempo vendrá cuando desearéis ver uno de los días del Hijo del hombre, y no lo veréis. Y os dirán: Helo aquí, o helo allí. No vayáis, ni los sigáis. Porque como el relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro, así también será el Hijo del hombre en su día. Pero primero es necesario que padezca mucho, y sea desechado por esta generación. Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos. Asimismo como sucedió en los días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. Así será el día en que el Hijo del hombre se manifieste. En aquel día, el que esté en la azotea, y sus bienes en casa, no descienda a tomarlos; y el que en el campo, asimismo no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Todo el que procure salvar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará. Os digo que en aquella noche estarán dos en una cama; el uno será tomado, y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo juntas; la una será tomada, y la otra dejada. Dos estarán en el campo; el uno será tomado, y el otro dejado. Y respondiendo, le dijeron: ¿Dónde, Señor? Él les dijo: Donde estuviere el cuerpo, allí se juntarán las águilas.
Debe observarse primero que los versículos 20 y 21 son peculiares a Lucas, y que tienen su ocasión asignada definidamente. Estos versículos registran la respuesta de Jesús a los fariseos que le preguntaron: “¿Cuándo vendrá el reino de Dios?” Por lo tanto, no pueden ser parte del discurso de Jesús a sus discípulos en el Monte de los Olivos. Además, su enseñanza concerniente a la venida del reino de Dios también parece, a primera vista, carecer de armonía con lo que está escrito en Lucas 21:27 : “Entonces verán al Hijo del hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria”. Porque Jesús les dice a los fariseos que “el reino de Dios no vendrá con advertencia”, es decir, de manera tan fenomenal que uno pueda contemplarlo con los ojos de la carne. La palabra parathqhoij, que aquí se ha traducido como advertencia, no aparece en ninguna otra parte del Nuevo Testamento, pero su verbo cognado se emplea tres veces en este mismo evangelio de Lucas (6:7;14:1; 20:20) para denotar la manera nada amistosa y hasta hostil en que los fariseos observaban los actos de Jesús. Este hecho debe tomarse en cuenta cuando interpretamos el lenguaje de Jesús al dirigirse a ellos. La intención de su respuesta es: “El reino de Dios no vendrá de manera tal que pueda ser observada por hombres poseídos por un espíritu hostil. No se piense que será un espectáculo público que los hombres puedan mirar y decir: ‘Helo allí’. Porque el reino de Dios está entre vosotros [9], y sin embargo, vosotros, a pesar de toda vuestra vigilancia, no lo habéis observado”. Así que sus palabras estaban calculadas para hacer referencia especialmente a la actitud de los fariseos hacia él mismo, y el significado más obvio de esas palabras es que, por cuanto un reino puede estar representado por y estar presente en la persona de su rey, el reino de Dios ya estaba entre ellos en la presencia del Hijo del hombre.
Pero, cualquiera sea lo que pensemos de la ocasión y la intención de Lucas 17, 20, 21, los versículos 22-37 forman una sección por su cuenta, y fueron dirigidos a los discípulos, no a los fariseos. Pueden o no pueden haber sido colocados aquí en su contexto correcto. Hasta donde el tema del pasaje arguye algo con ese propósito, estas palabras a los discípulos serían tan apropiadas en el discurso escatológico de Lucas 21 como lo son aquí. Están en muy estrecha armonía con lo que aparece en Lucas 21:29-36 y en realidad, están entrelazadas con una serie de afirmaciones hechas en Mateo 24:26-28, y 37-41. Además, las afirmaciones en Lucas 17:22, 25, 28, 29, y 32, que son peculiares al tercer evangelio, no contienen ningún pensamiento que sea inconsistente en lo más mínimo con lo que se encuentra en Marcos 13, Mateo 24, y Lucas 21. Las referencias a “los días de Lot” (versículo 28) están conectadas, quizás más naturalmente, con lo que Mateo escribe en Mateo 24:37 que con el contexto de Lucas. En todo caso, la enseñanza de Jesús en Marcos 13 y sus paralelos no queda en modo alguno alterada ni se hace más sencilla o inteligible con un hipotético reajuste de pasajes particulares. La doctrina de una venida del Hijo del hombre en su reino y en su gloria en el futuro cercano es común a todos estos pasajes, y las palabras de Jesús a los fariseos en Lucas 17:20, 21, lejos de enseñar una venida de Cristo en el futuro lejano, declaran que el reino de Dios ya estaba entre ellos.
Otro pasaje, común a todos los evangelios sinópticos, merece ser tenido en cuenta en este punto. De acuerdo con Marcos 14:62, cuando Jesús fue llevado ante el sumo sacerdote y se le preguntó: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”, él respondió: “Yo soy; y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo”. Lucas (22:69) dice: “Pero desde ahora(apo ton vnunv) el Hijo del hombre se sentará a la diestra del poder de Dios”. Mateo (26:64) dice: “Desde ahora (ap arti) veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo”. Sostenemos que este lenguaje no puede interpretarse naturalmente como una referencia a un suceso que pertenece a un período de tiempo en el futuro distante. Es algo que debe tener lugar desde este momento en adelante, y algo que los sumos sacerdotes y sus asociados habrían de ver. Citamos con gran satisfacción el comentario de Gould en el International Critical Commentary sobre Marcos (p. 252): “Esto establece dos cosas: Primera, que la venida, lo mismo que sentarse a la diestra del poder, no es un solo suceso; y segunda, que era algo que  comenzaría en el momento mismo de la partida de nuestro Señor del mundo. Además, las dos cosas, sentarse a la diestra del poder y la venida, están entrelazadas de tal manera que significan que él ha de asumir el poder en el cielo y ejercerlo aquí en el mundo. El período que comienza con la partida de Jesús del mundo habría de distinguirse por la asunción del poder celestial por el Cristo y por repetidas interferencias en las crisis de la historia del mundo, de las cuales la destrucción de Jerusalén fue la primera”.
III. OCASIÓN Y ALCANCE DEL DISCURSO
Al pasar ahora a la exposición del discurso apocalíptico, observamos la ocasión en que fue pronunciado. En todos los autores sinópticos, este discurso sigue poco después de la controversia con los fariseos, herodianos, y saduceos, que le observaban con ojos malvados y trataban de atraparle en sus dichos. Jesús advirtió a los discípulos contra los escribas (Marcos 12:37-40; Lucas 20:45-47). En relación con esto, Mateo aduce la serie de ayes oraculares que llena la mayor parte del capítulo veintitrés. Al fin de ese capítulo, Mateo introduce la terrible denuncia contra Jerusalén, que Lucas pone en un contexto diferente, pero con un sustancial acuerdo en el parecer.
MATEO 23:34-39
Por tanto, he aquí que yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad; para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.
 LUCAS 11:49-61
Por eso la sabiduría de Dios también dijo: Les enviaré profetas y apóstoles; y de ellos, a unos matarán y a otros perseguirán, para que se demande de    esta generación la sangre de todos los profetas que se ha derramado desde la fundación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que murió entre el altar y el templo; sí, os digo que será demandada de esta generación.
LUCAS 13:34-35
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! H aquí, vuestra casa os es dejada desierta; y os digo que no me veréis, hasta que llegue el tiempo en que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.
Ya sea que estas palabras hayan sido pronunciadas el mismo día como discurso escatológico o en alguna otra ocasión, ningunos dichos de Jesús han recibido mejor testimonio, y nadie puede poner en duda lo apropiadas que son en el contexto en que Mateo las coloca. Ciertamente pertenecen al período de las más recientes apelaciones de nuestro Señor a sus hostiles compatriotas, y muy naturalmente a la última semana de sus enseñanzas en el templo. El hecho de que tanto Marcos como Lucas inserten el incidente de la viuda pobre que echó sus dos blancas en el arca (Marcos 12:41-44; Lucas 21:1-4) inmediatamente antes del largo discurso sobre la destrucción del templo, e inmediatamente después de la denuncia contra los escribas e hipócritas, es evidencia incidental de que Mateo ha distribuido muy apropiadamente todos estos dichos posteriores de Jesús. Además, hay todas las razones para suponer que algunos de los dichos de nuestro Señor fueron en esencia pronunciados en más de una ocasión.
Lo que particularmente suscitó el discurso apocalíptico fue la pregunta de los discípulos sobre el tiempo y las señales de la destrucción del templo. Marcos (13:1-4) dice que, cuando Jesús “salió del templo, uno de los discípulos le dijo: Maestro, mira qué piedras, y qué edificios. Jesús, respondiendo, dijo: ¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada. Y se sentó en el monte de los Olivos, frente al templo. Y Pedro, Jacobo, Juan y Andrés le preguntaron aparte: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrácuando todas estas cosas hayan de cumplirse?”. Mateo también ubica el discurso en el monte de los Olivos, pero varía un poco la forma de la pregunta de los discípulos. Lucas no da ninguno de estos detalles, pero deja en el lector la impresión de que el discurso de Jesús fue pronunciado dentro o fuera del templo. Pero la manera específica en que Marcos registra los detalles y da los nombres de los cuatro discípulos que hicieron la pregunta aparte, lleva su propia evidencia interna de autenticidad, y es muy similar al vívido informe de un testigo. Mateo confirma la afirmación de que los dichos fueron pronunciados en el monte de los Olivos, y se puede apropiadamente llamarlos “El sermón del monte de los Olivos”. La profecía entera tiene la intención de responder la pregunta de los discípulos. Esa pregunta era doble: ¿Cuándo serán estas cosas y qué señal habrá cuando todas estas cosas hayan de cumplirse? El Maestro respondió directamente, mencionando varias cosas que debían ocurrir primero, y una señal por medio de la cual ellos podrían conocer la cercanía de la inminente catástrofe y escapar a las montañas. Inmediatamente después de la gran tribulación que habría de acompañar la catástrofe, o en esos mismos días, el Hijo del hombre habría de ser visto viniendo en las nubes con gran poder y gloria. Su venida se describe de acuerdo con el estilo apocalíptico hebreo; y luego es afirmado solemnemente con un enfático amén o de cierto. “No pasará esta generación sin que todo esto acontezca”. (Marcos 13.30; Mateo 24:34; Lucas 21:32). Por todo esto, parecería que la ocasión y el alcance de esta profecía están claros más allá de toda discusión. Fue precedida por más de una palabra de reproche y advertencia para los hipócritas escribas y fariseos, y un terrible ay pronunciado contra Jerusalén, la asesina de santos y profetas. El límite de tiempo afirmado tan enfáticamente concuerda perfectamente con la certeza declarada en otra ocasión de que algunos de los que escuchaban al gran Maestro no morirían sino hasta que hubiesen visto al Hijo del hombre viniendo en su reino.
Estos hechos y estas consideraciones también parecen establecer, más allá de toda discusión razonable, el significado de la palabra fin (teloj), como está usada en este discurso por todos los autores sinópticos. Es el punto terminal o límite de tiempo en que todas estas cosas habrían de cumplirse (ounte – leiovai). Según la fraseología de Mateo, el fin o “consumación del tiempo” (ounteleia ton aiwnoj). Es la solemne terminación y crisis de la dispensación que concluyó cuando el templo fue destruido y no quedó piedra sobre piedra que no hubiese sido derribada. [10]Esa catástrofe, que en Hebreos 12:26 está concebida como una conmoción de la tierra y el cielo, es el fin contemplado en este discurso; no “el fin del mundo”, sino la terminación y la consumación de la era pre-mesiánica. [11]
IV. ANÁLISIS DEL TEMA
Aparte de las variantes verbales, la substancia de la enseñanza como se presenta en los informes de los tres evangelios sinópticos sobre el discurso puede, pues, resumirse en forma de bosquejo:
MATEO 24
I.
Cuatro cosas antes del fin, 24:4-14.
1. Falsos cristos y una gran apostasía, 4, 5.
2. Guerras, conmoción de de las naciones, hambrunas, y terremotos, 6-8.
3. Persecución, muerte, ofensas, traiciones, odio, falsos profetas, y gran iniquidad, 9-13.
4. El evangelio a todo el mundo — en olh oikonhenhv, 14.
II.
Tres señales cuando el fin (la consumación) esté cercano, 15-28.
1. La abominación desoladora, 15-18.
2. La gran tribulación, 19-22.
3. Falsos cristos y profetas que hacen señales y maravillas, 23-28.
III.
Cuadro apocalíptico del fin y la parusía, 29-31.
1. El sol y la luna oscurecidos, la caída de las estrellas, las potencias de los cielos conmovidas, 29.
2. Señal del hijo del hombre en el cielo, y viniendo en las nubes con poder y gloria, 30.
3. Ministerios de ángeles, trompeta, juntar los escogidos, 31.
IV.
Consejos y advertencias, 32-51.
1. Similitud de la higuera, 32, 33.
2. Todo ha de ocurrir en esta generación, 34, 35.
3. El día y la hora desconocidos, 36.
4. Como el diluvio, 37-39.
5. Súbitas separaciones, 40, 41.
6. Amonestación para velar, 42-51.
MARCOS 13
I.
Cuatro cosas antes del fin, 13:5-13.
1. Falsos cristos y gran apostasía, 5, 6.
2. Guerra, conmoción de las naciones, terremotos, y hambrunas, 1, 8.
3. Persecución, aflicciones, traiciones, odios, y ejecuciones, 9, 11-13.
4. El evangelio a todas las naciones — (eij panta ta eonh), 10.
II.
Tres señales cuando el fin se acerque, 14-23.
1. La abominación desoladora, 14-17.
2. La gran tribulación, 18-20.
3. Falsos cristos y profetas que hacen señales y maravillas, 21-28.
III.
Cuadro apocalíptico del fin y la parusía, 24-27.
1. El sol y la luna oscuros, la caída de las estrellas y las potencias de los cielos ocnmovidas, 24, 25.
2. El Hijo del hombre en las nubes con poder y gloria, 26.
3. Ministerios de los ángeles, juntar  a los escogidos, 27.
IV.
Consejos y advertencias, 28-37.
1. Similitud de la higuera, 28, 29.
2. Todo ocurrirá en esta generación, 30, 31.
3. El día y la hora, desconocidos, 32.
4. Amonestación para velar, 33, 37.
LUCAS 21
I.
Tres cosas antes del fin,21:8-19.
1. Falsos cristos, 8.
2. Guerras, tumultos, conmoción de las naciones, terremotos, hambrunas, pestilencias, terrores y señales desde el cielo, 9-11.
3. Persecución, traición, ejecuciones, y odios, 12-19.
II.

Dos señales cuando el fin está cercano, 20-24. 

1. Jerusalén rodeada de ejércitos, 20, 21.
2. La gran tribulación, 22-24.
III.
Cuadro apocalíptico del fin y la parusía, 25-28.
1. Señales en el sol, la luna, y las estrellas, inquietud y terror en la tierra, potencias de los cielos conmovidas, 26.
2. El Hijo del hombre en las nubes con poder y gloria, 27.
3. Redención cercana, 28.
IV.
Consejos y advertencias,29-36.
1. Similitud de la higuera, 29-31.
2. Todo debe ocurrir en esta generación, 32, 33.
[Comp. Lucas 17:26-35 y 12;39, 40, 41.
3. Amonestación para velar, 34-36.
Hay por lo menos cuatro divisiones principales de este discurso que son comunes a todos los tres evangelios, y ocurren en el orden lógico de (1) cosas que ocurrirían antes del fin; (2) señales de la cercanía de la catástrofe; (3) una descripción apocalíptica de la venida del Hijo del hombre, y (4) consejos y amonestaciones a los discípulos.
V. EXPOSICIÓN DE LOS VARIOS DICHOS 
I.
Tomando las cuatro divisiones principales en su orden, ahora procedemos a explicar la profecía y a demostrar (1) que los tres evangelios sinópticos concuerdan sustancialmente, y (2) que todas estas cosas ocurrieron dentro del plazo de la profecía.
(1) Mateo y Marcos mencionan cuatro cosas, o cuatro clases de sucesos, que habrían de tener lugar antes del fin, mientras que Lucas no menciona sino tres. Las pocas palabras y expresiones que son peculiares a Lucas no militan en lo más mínimo contra la armonía sustancial de los tres diferentes escritores.
(2) Que todas estas cosas ocurrieron en aquella generación, es decir, antes de la destrucción de la capital judía, es puesto en duda por muchos exégetas. Por tanto, tenemos que apelar (a) a hechos bien autenticados, y (b) luego preguntarnos hasta dónde los hechos cumplen realmente el sentido de la profecía.
Apenas se dudará de que todos los puntos mencionados en la segunda y la tercera clase de sucesos en la sección I del análisis que antecede encontraron abundante cumplimiento en el curso de la guerra que terminó en la destrucción de Jerusalén. Sin embargo, es bastante posible que un lector moderno introduzca en algunas de las palabras empleadas aquí mucho más de lo que entendieron los escritores, y mucho más de lo que justifica el uso de esas palabras en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, la palabra nación (evnsj) no debe entenderse en el sentido que el uso moderno asocia tan comúnmente con el término, a saber, un cuerpo político independiente; un imperio, o reino, que ejerce soberanía política. Leemos en Hechos 2:5 que "moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo" [12], pero la clase de naciones a que se hace referencia se explica en los versículos 9 y 10, donde son identificadas como partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Frigia y Panfilia, Egipto, Libia, Roma, Creta, Arabia. Eran judíos o prosélitos judíos de estas varias tribus y provincias, todas las cuales estaban bajo el dominio general del imperio romano. En consecuencia, cuando se hace mención de guerras, rumores de guerras, naciones y reinos que se alzan unos contra otros, no debemos suponer que se refiere a otra cosa que a sediciones, tumultos, y encarnizados conflictos que ocurrían en estas naciones y estos reinos súbditos del imperio. Observamos en Hechos 4:27 que Herodes y Poncio Pilatos son considerados como reyes y gobernantes de la tierra, cumpliendo el sentido de un oráculo profético concerniente a la ira de las naciones y los pueblos contra Jehová y su Ungido (Salmos 2:1).
Tampoco debemos ignorar el tono y el estilo profético de un discurso que se supone ser una profecía de eventos futuros. Una rígida interpretación del lenguaje apocalíptico tiende a causar confusión e interminables malos entendidos. Tenemos que tener presente que, en el uso bíblico, las palabras y las frases adquieren una especie de significado convencional. Así, todos los textos sinópticos contienen el verso pareado: "Se levantará nación contra nación y reino contra reino".
Pero este lenguaje es, en esencia, una cita de Isaías 19:2: “Ciudad contra ciudad, y reino contra reino”. Compárese también el lenguaje del cronista (2 Crónicas 15:6): “Y una gente destruía a otra, y una ciudad a otra ciudad; porque Dios los turbó con toda clase de calamidades”. Este lenguaje transmite una vívida impresión de tumulto nacional y contiendas civiles, y es en todo sentido apropiado en labios de Jesús cuando se refiere a las sediciones, insurrecciones, revueltas, y guerras regionales que precedieron inmediatamente la conquista de Jerusalén, y difundieron la hambruna, la pestilencia, y la desolación por toda Palestina y las regiones adyacentes. [13] Estas no eran sino “principio de dolores” (arch/winwn), porque la política de Vespasiano era “primero destruir lo que quedaba en otras partes, y no dejar tras de sí nada fuera de Jerusalén que pudiera interrumpir su sitio”. [14]
En vista de estos hechos, parece una extravagancia de la fantasía afirmar, como lo hace Lange, que “se refiere aquí a todas las guerras hasta el fin del mundo”. “El pasaje combina de un vistazo la totalidad de las varias crisis sociales, físicas, y climáticas del desarrollo en la totalidad de la dispensación del Nuevo Testamento”. Tales osadas afirmaciones destruyen toda sobria exégesis. Se da por descontado que la frase “principio de dolores” es una alusión calculada a la idea judía de (rillft ylgk) dolores del nacimiento del Mesías: [15]. ¿Qué hay en este pasaje o en el contexto que justifique la idea de que estos dolores de parto durarían siglos? ¿Qué hay en cualquiera de estas afirmaciones sobre guerras y tumultos nacionales, y los ayes que los acompañan, para engendrar la idea de un período de tiempo largo e indefinido? ¿Cuánto tienen que durar los dolores de parto? Pasaron más de tres años desde el momento en que Vespasiano marchó para someter a los judíos hasta la captura y la ruina de Jerusalén por Tito, un período de tiempo más que suficiente para todo lo que dan a entender las palabras de Jesús.
En cuanto a las persecuciones y las pruebas que los discípulos habrían de sufrir, no necesitamos más testigo de su cumplimiento que lo que está escrito en los Hechos de los Apóstoles. Los discípulos fueron odiados, maltratados, entregados a concilios, llevados ante gobernadores y reyes, y entregados a la muerte, y algunas veces los peores enemigos de un hombre eran los de su propia familia. Entre el pueblo judío, nunca hubo un tiempo de más desesperado celo religioso y fanatismo que la década que precedió a la caída de su gran ciudad y el templo. Las primeras persecuciones cristianas fueron causadas principalmente por judíos.
Pero. a menudo, se ha afirmado que no tenemos registro de falsos cristos antes de la destrucción de Jerusalén. Sin embargo, aquí tenemos que establecer primero lo que se quiere decir con “viniendo en mi nombre”. No puede suponerse que él quería decir que vendrían muchos teniendo el nombre de “Jesús de Nazareth”. Tampoco significa necesariamente el uso de cualquier nombre o título personal. Recibir a niños pequeños en su nombre (Marcos 9:37) no requería el empleo de una fórmula estereotipada o un título establecido. Los discípulos ya habían informado al Maestro que habían visto a uno que echaba fuera demoniosen su nombre (Marcos 9:38). El título o la fórmula particular usados no eran importantes con tal de que se asumieran la autoridad y el poder de Cristo. Por lo tanto, cualquier impostor que, como Simón de Samaria, declarase ser “él mismo algún grande” y a quien el pueblo engañado siguiera como “el gran poder de Dios” (Hechos 8:9, 10), respondía a la idea de un falso Cristo. Pero debemos pensar más naturalmente en uno de esos engañadores cuyo ideal del Mesías era el de un caudillo político que libraría al pueblo del yugo de Roma. Josefo relata que, después de que Nerón se convirtió en emperador, “los asuntos de los judíos empeoraron más y más continuamente; porque el país se llenó de ladrones e impostores que engañaban a la multitud”.  Josefo nos dice que estos “engañadores persuadían a la multitud para que los siguiera al desierto, y diciendo que mostrarían maravillas y señales hechas por la providencia de Dios”. Josefo también menciona a un egipcio que se proclamaba como profeta, “y aconsejaba a la multitud que le acompañase al monte de los Olivos, y decía que allí les mostraría cómo, a una orden suya, caerían los muros de Jerusalén”. [16] Stich, un impostor, o uno como Teudas (Hechos 5:36), o Simón el mago, o Dositeo, o Menandro, cumplen suficientemente el sentido de todo lo que  Jesús decía acerca de que vendrían en su nombre engañadores “diciendo: Yo soy”. [17] Pero, aunque nos referimos a estos casos como ejemplos ilustrativos, no debemos apuntar a este o a aquel individuo en particular y decir: “Aquí se cumplió literalmente la palabra de Cristo”. No buscamos tal correspondencia literal. Tal minuciosidad en la profecía tiene un sabor más de la naturaleza de las adivinanzas que de las profecías bíblicas. Es bastante mostrar que el espíritu y el alcance de las palabras de Jesús quedan ampliamente satisfechos por los hechos bien atestiguados, y hallar abundante cumplimiento en los numerosos impostores que, tanto antes como durante la guerra judía, descarriaron a multitudes. “Todos ellos son esencialmente falsos mesías”, dice Lange, “que tomarían el lugar que pertenece a Cristo en el reino de Dios. Por lo tanto, incluye a los entusiastas que, antes de la destrucción de Jerusalén, aparecieron como seductores del pueblo”.[18]
Pero la afirmación que a muchos les parece imposible de reconciliar con el plazo de esta profecía es la de que “el evangelio debía ser predicado primero a todas las naciones”. El lenguaje de Mateo es: “Este evangelio del reino será predicado al mundo entero (en olh th oikonhenh) por testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin”. No aparece ninguna afirmación correspondiente en Lucas, pero su ausencia allí no puede en justicia interpretarse como argumento contra su legitimidad. Las diferentes formas de expresión que aparecen en los textos de Mateo y Marcos tampoco son razón suficiente para rechazar la afirmación, porque ellas transmiten esencialmente la misma idea y aseguran a los discípulos que el fin no vendrá sin que antes se cumpla esta predicación del evangelio. Marcos hace la fuerte afirmación de que el evangelio debe (dei) ser predicado primero.
Ahora surgen dos preguntas: (1) ¿Cuál es el verdadero sentido de estas palabras?, y (2) ¿cuál es la verdadera necesidad de esta predicación antes del fin? Acerca de ambas preguntas, las opiniones varían. Alford ve en el lenguaje del evangelio de Mateo un ejemplo de “el significado cargado de la profecía. El evangelio había sido predicado por todo el orbis terrarum, y cada nación había recibido su testimonio, antes de la destrucción de Jerusalén (véase Col. 1:6, 23; 2 Tim. 4:17). Esto era necesario, no sólo por lo que concernía a los gentiles, sino para dar al pueblo de Dios, los judíos, que estaban dispersos entre todas estas naciones, la oportunidad de recibir o rechazar la predicación de Cristo. Pero, en un sentido más amplio, las palabras dan a entender que el evangelio será predicado a todo el mundo, tomado literalmente, antes de que venga el fin grande y definitivo. La apostasía de los últimos días y la dispersión universal de las misiones son las dos grandes señales de que el fin se acerca”. [19] Esta exposición concuerda con la bien conocida posición de este autor sobre el doble sentido, o de dos interpretaciones paralelas que recorren el capítulo veinticuatro de Mateo. Pero, para los que rechazan esta doctrina de un doble sentido, sus afirmaciones no tienen peso ni valor.
Sin embargo, es notable que él admita y afirme que el evangelio había sido predicado en todo el mundo, y que cada nación había recibido su testimonio antes de la destrucción de la capital judía. Este es un reconocimiento muy importante para venir de una fuente como ésta, porque muestra que, para un literalista estricto, a la luz de tales afirmaciones como la de Col. 1:6, 23, el lenguaje de Jesús es visto como cumplido antes del fin de la era apostólica. Si esto es así, ¿por qué querría alguien insistir en que debe significar la completa evangelización del mundo en el sentido más amplio?
Sostenemos que la ocasión, el alcance, y el plazo de este discurso prohíben que interpretemos estas palabras en un sentido absoluto y universal. Porque, ciertamente, si Jesús tenía en mente la predicación del evangelio del reino como la que afectará la completa cristianización del mundo como nos es conocido ahora, el fin estaba muy lejos de los tiempos apostólicos, y es completamente inexplicable cómo, con cualquier pensamiento como éste en mente, nuestro Señor pueda haber dicho con la certeza enfática que todos los escritores sinópticos registran: “No pasará esta generación sin que todas estas cosas acontezcan”. ¡Cuánto más razonable y consistente sería interpretar las palabras de acuerdo con el sentido más limitado con que los escritores del Nuevo Testamento usan los términosmundo y naciones! Según Lucas 2:1, “todo el mundo (po.konme.nh) fue empadronado según un decreto de Augusto. En Hechos 11:28, se menciona una gran hambruna “en toda la tierra habitada; la cual sucedió en tiempo de Claudio”. De Pablo y Silas se dijo que habían “trastornado el mundo entero” (Hechos 17:6), y Pablo fue acusado de ser “una plaga, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo” (Hechos 24:5). En todos estos pasajes se emplea la misma palabra, oikonmeneh, tierra habitada. En 2 Timoteo 4:17, leemos: “Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen”. En Col. 1:5, 6, el apóstol habla de “la palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo (en panti tw kosmw), y lleva fruto y crece también en vosotros”; y en el versículo 23 del mismo capítulo, él dice que el evangelio “se predica en toda la creación que está debajo del cielo” (en pash ktisei th upo ton onranon). Aquí hay términos más abarcantes en su sentido que los empleados por Jesús, y sin embargo, están usados con referencia a la predicación del evangelio como ya se había proclamado en los tiempos apostólicos.
En vista de estos hechos, parece persistente ceguera de un prejuicio dogmático insistir que “la predicación del evangelio en todo el mundo por testimonio a todas las naciones” debe incluir por necesidad a todas las operaciones misioneras de la iglesia durante los siglos cristianos. De acuerdo con Mateo 10:23, como ya hemos observado, Jesús declaró a sus discípulos cuando les dio la comisión apostólica: “No acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del hombre”. Ni siquiera las ciudades y los pueblos de Palestina seríancompletamente evangelizadas antes de la venida de Cristo; mucho menos podemos suponer que todas las otras naciones y regiones del imperio mundial de Roma debían ser convertidas al cristianismo dentro del mismo período de tiempo. El significado más natural y obvio del lenguaje de nuestro Señor es que, durante los últimos días de la era pre-mesiánica y antes del fin de aquella era, el nuevo evangelio debía ser proclamado y testificado entre todas las naciones de lo que comúnmente se llamaba “la tierra habitada” (h. oikonmenh). Este “mundo” no significaba para los pescadores galileos ni para los eruditos rabinos judíos lo mismo que significa para un lector moderno, que se familiariza todos los días con comunicaciones telegráficas desde remotos continentes y remotas islas. Tampoco la frase abarcante de Pablo “toda la creación debajo del cielo” requiere que la interpretemos con un literalismo más rígido que el que usamos con la declaración al final del evangelio de Juan, de que “ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir”. Tales expresiones por lo general se entiende que contienen un elemento de hipérbole y son comunes a todos los idiomas de los hombres. Son también de naturaleza de sinécdoque, en la cual el todo es tomado por la parte.
Siendo éste el significado de las palabras en el uso del Nuevo Testamento, nos falta demostrar la necesidad de tal predicación del evangelio antes del fin de la era judía. De acuerdo con Marcos 13:10, era necesario (dei) que el evangelio se predicase así antes del fin, y en esa necesidad, podemos buscar razonablemente alguna indicación que toque el orden divino del mundo. En la terminación de un orden antiguo y la introducción de uno nuevo no encontramos una súbita transición que no hayamos buscado. Dios no elimina un sistema que ha tenido una larga carrera de utilidad sino hasta que haya hecho provisión y preparado el camino para algo mejor. Jesús había declarado a los representante del pueblo judío que “el reino de Dios será quitado de vosotros y dado a gente que produzca los frutos de él” (Mateo 21:43). Pero el camino para un cambio histórico como éste debía ser debidamente preparado. Era necesario que el evangelio de Cristo y las nuevas enseñanzas de su reino se difundieran más allá de Jerusalén, y se establecieran inamoviblemente en el mundo civilizado, antes de que el antiguo sistema y el culto centrado en el templo del judaísmo se derrumbaran completamente. El gran apóstol a las naciones encontró en el judaísmo un obstáculo al evangelio que predicaba. La persistente tendencia del judaísmo era a “pervertir el evangelio de Cristo” (Gál. 1:7); enseñar que la circuncisión era esencial para la salvación (Hechos 14:1; Gál. 5:2); “observar los días, los meses, las estaciones, y los años” (Gál. 4:10; Rom. 14:5); dar mucha importancia a comidas y bebidas, días de fiesta, lunas nuevas, y sábados (Col. 2:16. El antiguo culto del templo que había engendrado, y estaba tratando de perpetuar, tal legalismo externo se volvió, pues, algo viejo, inútil, decadente, y “estaba pronto a desaparecer” (Heb. 8:13). Pablo hablaba de esto como “la Jerusalén que ahora está en esclavitud con sus hijos, y da hijos para esclavitud” (Gál. 4:24-25). Pablo proclamó a todo el mundo que “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom. 14:17).
Se requería es espacio de una generación para la completa propagación y el completo establecimiento de este nuevo evangelio del reino de Dios. Por tanto, antes de que el templo fuese destruido, hasta el punto de que “no quedó piedra sobre piedra”, primero había que establecer un nuevo y mejor ideal de culto. La predicación ests buenas nuevas habría de servir “para testimonio a todas las naciones”, un testimonio (marturionv) y una evidencia de que una nueva luz había venido al mundo. Para usar el lenguaje de la epístola a los Hebreos, era necesario que, en todo el mundo, los hombres “gustasen de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero”, t recibieran las doctrinas y la vida de “un reino inconmovible”, antes de la destrucción final y la eliminación de un sistema que ya había sido fundamentalmente conmovido, se tambaleaba y estaba a punto de caer (Heb. 6:5; 12:289.
II.
En la segunda sección de nuestro análisis, no hay mucho que requiera una discusión extensa. Aquí se nos habla de varias señales por medio de las cuales los discípulos podrían saber cuándo estuviese cerca el fin. Todo lo que se ha mencionado hasta aquí podría tener lugar algún tiempo antes del fin; algunas de las cosas requerirían un tiempo considerable; guerras y rumores de guerras y tumultos nacionales ocurrirían en varios lugares durante un tiempo considerable antes de que hubiese ocasión de una alarma especial para los habitantes de Jerusalén; pero cuando los ejércitos invasores comenzaran a aparecer en la ciudad y la rodearan, comenzaría la gran tribulación, y los que quisieran escapar a las calamidades de aquellos días debían huir a las montañas con la mayor premura.
Que lo que está escrito aquí se refiere al sitio de Jerusalén, y no puede, bajo ningún sano principio de interpretación, explicarse de ninguna otra manera, se acepta de manera bastante general. Las únicas preguntas de nota son las que conciernen al significado de varias expresiones peculiares:
(1) “La abominación desoladora” es una frase tomada de la Septuaginta de Daniel 12:11 (comp. con Dan. 8:13; 9:27, y 11:31) y aquí se refiere a la desolación y la profanación del santuario del santuario por Antíoco Epífanes. No es necesario entender la frase como referencia a ninguna señal o ningún símbolo en particular, como las águilas romanas, o una estatua imperial, o el sacrilegio de los zelotes dentro del templo. Es simplemente una frase profética apropiada empleada aquí para denotar de manera general la misma idea que ella transmite en el libro de Daniel, a saber, la presencia de algo abominable al pensamiento judío. Su “presencia en un lugar santo” (Mateo) o “donde no debía” (Marcos) debe entenderse de acuerdo con la misma idea general. No sólo el lugar del templo, sino las montañas alrededor de Jerusalén, y de hecho, todo el territorio de Israel (comp. con Zac. 2:12) era santo para los judíos. Por lo tanto, cuando los ejércitos romanos comenzaron a rodear a Jerusalén, el abominable desolador ocupó los lugares venerados por las asociaciones de más de un millar de años. El pasaje correspondiente del evangelio de Lucas: “Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos” es una confirmación de esta exposición. [20]
(2) La amonestación de que debían huir a las montañas y con tal premura que ni siquiera debían bajar desde el techo a recoger ninguna de sus pertenencias ha de interpretarse como el  lenguaje emocional de un oráculo profético. A tal lenguaje no ha de imponérsele nunca un significado literal. La idea general es clara e impresionante. No debían perder tiempo en escapar de la ciudad condenada a la destrucción. Huir a las montañas para refugiarse es una expresión que ha de leerse a la luz de textos como Gn. 19:17 y Zac. 14:5.
(3) La gan tribulación y aflicción (Mateo y Marcos (vliyij), Lucas (anaghmegalh) son evidentemente los sufrimientos que por necesidad acompañan a un sitio largo y encarnizado. En esencia, el lenguaje de los primeros dos evangelios ha sido tomado de Daniel 12:1 y puede considerarse como hiperbólico; pero no es más extravagante que el del historiador judío Josefo, que dice que “la multitud de los que perecieron excedía todas las destrucciones que los hombres o Dios causaron jamás en el mundo”, y describe los horrores del hambre, la pestilencia y el sufrimiento dentro de la ciudad en los más horrorosos detalles”. [21]
(4) La mención de estos falsos cristos e impostores, tanto en esta sección como en la precedente, ha de explicarse como ya lo hemos mostrado arriba. La repetición sirve para subrayar el hecho de que, hasta el final, aquellos impostores continuarían presentándose para engañar, si fuese posible, aun a los escogidos.
(5) En relación con esto, el evangelio de Lucas tiene un pasaje sin paralelo en los sinópticos: “Habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre este pueblo. Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan”. La única parte de esto que requiere ser discutida aquí es la frase tiempos de los gentiles (kairoi eznwn). Notamos la ausencia del artículo en las palabras. No es los tiempos de los gentiles, como si se aludiera a algún período de tiempo definido y bien entendido o algún hecho. Y no hay nada en el texto ni en el contexto para establecer absolutamente el significado preciso de las palabras. La idea de “oportunidades de gracia concedidas a los gentiles”, que algunos han hallado en Rom. 11:25 e importado a este pasaje de Lucas, es irrelevante al contexto. “Tiempos de los gentiles” se entiende aquí mucho más naturalmente como los tiempos concedidos a las naciones para que hollasen la ciudad, ejecutando el juicio divino del cual habla el pasaje. El paralelo más cercano a esto se ve en Apocalipsis 11:2, donde se dice que el atrio exterior del templo ha sido “entregado a los gentiles; y la ciudad santa será hollada cuarenta y dos meses”. Por tanto, estos kaipoi se entienden mejor como tiempos de juicio sobre Jerusalén [22], no tiempos de salvación de las naciones. Pero, ¿quién puede decir cuánto debían durar esos “tiempos”?
Ninguna respuesta a esta última pregunta puede darse el lujo de pasar por alto lo que está escrito en el versículo 22, un pasaje que también es peculiar a Lucas: “Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas”. Las palabras huerai ekoikhoewj, días de retribución, han sido tomadas de la Septuaginta de Oseas 9:7, donde dice: “Vinieron los días del castigo, vinieron los días de la retribución; e Israel lo conocerá. Necio es el profeta, insensato (gania) es el varón de espíritu, a causa de la multitud de tu maldad, y grande odio”. El texto hebreo de este pasaje dice: “Vinieron los días de tu visitación, vinieron los días de recompensa; Israel lo conocerá; insensato él; el profeta, el hombre del espíritu está loco; a causa de la abundancia de tu iniquidad, y grande es la enemistad”. Citamos la profecía así, completamente, a causa de su obvia analogía con el contexto y el alcance del pasaje de Lucas de donde se han tomado sus principales palabras. En Oseas y Lucas, los “días de retribución” son días de visitación penal divina sobre Israel; días de los cuales los profetas hablaron y escribieron; días cuando los mismos profetas se volvieron locos e indignos de confianza; y las iniquidades del pueblo se volvieron tan grandes y multitudinarias que la nación está madura para el juicio. Ahora bien, los “tiempos” concedidos a los gentiles para ejecutar juicio sobre la ciudad y el pueblo cuyas iniquidades están llenas pueden ser bien un período de tiempo largo e indefinido o bien uno corto, definido, y decisivo. No hay nada en nuestros evangelios para establecer este punto. Si suponemos, junto con Bengel, que estos tiempos de juicio incluyen el largo período durante el cual “Jerusalén ya ha sido hollada por los romanos, persas, sarracenos, francos, y turcos”, debemos, sin embargo, reconocer que el terminus a quo de este juicio largamente continuado data de la destrucción de la ciudad por los romanos. No entraría en conflicto, ni en lo más mínimo, con los plazos definidos de esta profecía decir que la desolación de la ciudad continuaría por siglos después de su caída. No puede decirse en justicia que tal mención incidental de juicio continuo está en conflicto con la certeza enfática de que todas estas cosas se cumplirían antes de que pasara aquella generación. ¿Quién pensaría en mencionar esta dificultad en la exposición de Isa. 13:20-22, donde se afirma la perpetua desolación de Babilonia en el contexto inmediato del anuncio de que el día de su terrible juicio estaba cercano? “Nunca será habitada”, dice el profeta; “dormirán allí las fieras del desierto, los lobos aullarán en sus castillos, y chacales en sus palacios; y su tiempo está cerca, y  sus días no serán prolongados”. Ciertamente, la positiva declaración de la cercanía de la catástrofe no quedó invalidada en lo más mínimo por la afirmación de que la ciudad condenada continuaría siendo una ruina, ni que por largo tiempo sería hollada por las naciones o por bestias salvajes.
Sin embargo, puede alegarse en justicia que la frase indefinida “tiempos de los gentiles” es, como tanto en esta parte del discurso, un término profético de significado limitado. Esto está apoyado por las sugerencias del pasaje paralelo, ya citado, de Ap. 11:2. Los cuarenta y dos meses que se mencionan allí para el hollamiento de de la santa ciudad son una designación mística, y parecen ser un equivalente de los mil doscientos sesenta días mencionados inmediatamente después (versículo 3). El mismo período se menciona nuevamente en Ap. 12:6, pero en el versículo 14 del mismo capítulo hay aparentemente  un equivalente de la frase profética “tiempo (kairos), y tiempos, y la mitad de un tiempo”. La frase ha sido tomada de Daniel 7:25; 12:7. En cada uno de estos textos, designa un período de sufrimiento y desastre. En Daniel, la alusión obvia es al período de más o menos tres años y medio durante los cuales Antíoco Epífanes despojó la ciudad y el templo. [23] ¿Por qué significaría aquí más que el período correspondientemente corto durante el cual Jerusalén fue rodeada por ejércitos, y “la abominación desoladora” permaneció de pie y triunfante “en un lugar santo”?
III.
La tercera sección de esta profecía consiste de un cuadro apocalíptico del fin. Ocurre en la forma de paralelismo hebreo y, de acuerdo con Marcos, dice así:
Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del hombre, que vendrá en las nubes, con gran poder y gloria. Y entonces enviará sus ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
El texto de Mateo es esencialmente igual, pero presenta algunas diferencias verbales, que es bueno observar:
E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del hombre viniendo sobre las nubes del cielo, y con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro.
El pasaje correspondiente en Lucas tiene peculiaridades tan propias que diferiremos nuestros comentarios sobre él hasta que hayamos indicado lo que consideramos que es la verdadera interpretación de los textos de los dos primeros evangelios. Nuestro punto de vista acerca de estos dichos apocalípticos puede ser presentado mejor en una serie de proposiciones, que nos parecen tan evidentes que difícilmente requieren un argumento extenso.
(1) Los textos de Marcos y Mateo son tan cercanamente paralelos que podemos aceptarlos, sin peligro, esencialmente como una porción de los dichos mejor atestiguados de Jesús. Las diferencias en la fraseología son demasiado ligeras para que involucren alguna diferencia importante en el significado.
(2) El lenguaje ha sido tomado mayormente de los libros de Isaías y Daniel, pero también de otros profetas. Los siguientes pasajes son particularmente relevantes:
Por lo cual las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; y el sol se oscurecerá  al nacer, y la luna no dará su resplandor (Isa. 13:10). 
Y todo el ejército de los cielos se disolverá, y se enrollarán los cielos como un libro; y caerá todo su ejército, como se cae la hoja de la parra, y como se cae la de la higuera (Isa. 34:4). [24]
Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí  con las nubes del cielo venía uno como  un hijo de hombre, que vino  hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran (Dan. 7:13, 14).
En aquel día habrá gran llanto en Jerusalén. Y la tierra lamentará, cada linaje aparte. Todos los otros linajes [o todas las otras tribus]. (Zac. 12:11, 14).
En aquel día, se tocará con gran trompeta, y vendrán los que habían sido esparcidos en la tierra de Asiria, y los que habían sido desterrados a Egipto, y adorarán a Jehová en el monte santo. (Isa. 28:13). 
Si fueres esparcido de un extremo del cielo al otro, de allí te recogerá el Señor tu Dios (Sept. de Deut. 21:4). 
Porque de los cuatro vientos del cielo te recogeré, ha dicho el Señor (Sept. de Zac. 2:6).
Por estas citas, es evidente que apenas habrá alguna expresión empleada en Mateo y Lucas que no haya sido tomada de las Escrituras del Antiguo Testamento.
(3) No se debe suponer que estas formas apocalípticas de lenguaje transmiten en el Nuevo Testamento un significado diferente del que tienen en las Escrituras hebreas. Ellas son parte esencial del genio del lenguaje profético. El lenguaje de Isa. 13:10 se usa en una profecía sobre la destrucción de Babilonia. El de Isa. 24:4 se refiere a la desolación de Edom. El ideal de “el Hijo del hombre viniendo en las nubes” ha sido tomado de una profecía del reino mesiánico, el cual reino, como se describe en Dan. 7:13, 14, no es otro que el que está simbolizado en el mismo libro por una roca cortada del monte (Dan. 2:34, 35). Es el mismo reino de los cielos que Jesús comparó a un grano de semilla de mostaza y a la acción de la levadura en la harina (Mt. 13:31-33). La otras citas que hemos presentado arriba muestran con igual claridad cómo, tanto Jesús como sus discípulos, tenían por costumbre expresarse en un lenguaje que debe haber sido muy familiar para los que, desde la niñez, oían leer acerca de la ley y los profetas “cada sábado” (Hechos 13.2, 7; 15:21). Una interpretación estrictamente literal de este modo de pensar pictórico sólo conduce a lo absurdo. Su intención debe ser estudiada a la luz de los numerosos paralelos de los escritores del Antiguo Testamento, paralelos que han sido presentados extensamente en la parte precedente de este libro. Pero, ¿con qué demostración de razón, o con cuál principio de “interpretar la Escritura con la Escritura”, puede sostenerse que el lenguaje de Isaías, Joel, y Daniel, que todos los mejores exégetas conceden que es metafórico cuando se emplea en las Escrituras hebreas, debe entenderse literalmente cuando es utilizado por Jesús y sus apóstoles?
Es verdad que, algunas veces, nos encontramos con algún discutidor que intenta evadir la fuerza de esta pregunta afirmando que, si interpretamos literalmente una parte del discurso de Jesús, tenemos que tratar la profecía entera del mismo modo para ser consistentes. Así, pues, por otra parte, se insiste en que, si Mateo 24:29-31, por ejemplo, es explicado metafóricamente, debemos aplicar el mismo principio a todo el resto del capítulo; y si las palabras solluna, y cielos del versículo 29 han de ser tomadas en sentido figurado,  también las palabras Judeamontañas,azotea, y campo en otras partes del capítulo deben ser explicadas metafóricamente! Es difícil entender cómo esta excusa superficial puede ser alegada por alguien que haya hecho un estudio cuidadoso de los profetas hebreos. Cada uno de los ejemplos del Antiguo Testamento que hemos citado arriba está conectado, como estos dichos apocalípticos de Jesús, con otras afirmaciones que todos los lectores y expositores han entendido literalmente. A veces, el escritor más prosaico puede que se exprese por medio de toda una serie de frases en términos figurados, e incorpore la metáfora extendida en la mitad de una sencilla narración de hechos. En las páginas anteriores, hemos mostrado cómo los historiadores hebreos entrelazan adornos poéticos en sus vívidas descripciones y, cuando el tema mismo se vuelve grandioso y sublime, el lenguaje naturalmente se eleva hasta alcanzar el estilo de paralelismo poético con sus varias propiedades de forma y figura. [25] Ningún sistema de reglas mecánicas puede prepararse para distinguir entre el lenguaje de prosa y el de poesía. El sentido común del lector, junto con un juicio crítico bien adiestrado, debe ser por necesidad la corte de apelación final en todos los casos. Sería estúpido intentar construir un vocabulario de metáforas proféticas para usarlo en la interpretación bíblica.
(4) Nuestra cuarta y concluyente proposición es que este pasaje apocalíptico es un sublime cuadro simbólico de la crisis de las edades en la transición de la dispensación del Antiguo Testamento a la era cristiana. La descripción gráfica debe ser tomada como un todo, y permitírsele que transmita su grandiosa impresión total. En un solo pasaje como Marcos 13:24, 25, el intento de considerar cada metáfora por separado y darle una aplicación propia, arruina el cuadro entero. Decir, junto con algunos de los más antiguos expositores [26], que los cielos representan la teocracia judía, que el sol es su religión, y la luna su gobierno civil, mientras que las estrellas que caen de este cielo son los jueces y maestros, es interpretar mal la verdadera naturaleza de la impresión general que se quiere causar. Lo mismo podría uno tomar los pedazos de un arco iris, analizar cada color por separado, y señalar su significado por separado, con la idea de dilucidar así el verdadero significado de la señal puesta en la nube como signo del pacto de Dios con Noé. El cuadro de un universo que se derrumba simboliza la idea sencilla pero sublime de la interposición sobrenatural en los asuntos del mundo, que involucra notable revolución y cambio. El elemento tiempo no aparece en el cuadro en absoluto. Así, pues, el Hijo del hombre viniendo en las nubes significa aquí exactamente lo mismo que significa en la visión de Daniel. Es un concepto apocalíptico del Mesías, como Rey del cielo y de la tierra, que ejecuta juicio divino y entra, junto con su pueblo, en posesión y dominio de los reinos del mundo. Aquí nuevamente, no entra el elemento tiempo, excepto por la idea asociada de la profecía de Daniel de que “su dominio es dominio eterno” (Dan. 7:14). Es la misma venida del Hijo del hombre en su reino a que se refiere Mateo 16:27, 28, cuyo comienzo debía ocurrir antes de que probaran la muerte algunos de los que oyeron estas palabras de Jesús. El lamento de todas las tribus de la tierra es el gemido y el lamento del judaísmo por su destrucción como nación. En la destrucción de su ciudad y de su templo, los sacerdotes, los escribas y ancianos vieron “al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder” (Mateo 16:64), y así se hizo manifiesto a todos los que leían la profecía correctamente que “Jesús, el galileo” había vencido. [27] Reunir a los escogidos de Cristo de los cuatro vientos es el verdadero cumplimiento de numerosas profecías que prometen al pueblo escogido que sus miembros serán recogidos de todas las tierras y establecidos para siempre en el monte de Dios (comp. con Amós 9:14, 15; Jer. 13:5-8; 32:37-40; Eze. 37:21-28). El tiempo y modo de esta reunión universal de los elegidos no se puede establecer por medio del lenguaje de ninguna de estas profecías. Lo mismo podría uno presumir establecer, por las palabras de Jesús en Juan 12:32, dónde, cuándo, y de qué manera, cuando el Cristo fuese “levantado de la tierra”, atraerá a todos a sí mismo. En el discurso escatológico de Jesús, el punto en que se hace énfasis es que todas las cosas contempladas en el simbolismo apocalíptico empleado para representar su venida y su reino seguirían inmediatamente “después de la tribulación de aquellos días” (Mateo 24:29) o, como dice Marcos, “en aquellos días, después de aquella tribulación”. Es decir, la venida del reino del Hijo del hombre coincide con la destrucción del judaísmo y su templo, y sigue inmediatamente en esos mismos días. [28]
Todo lo que en este cuadro pertenece necesariamente a la continua administración del reino en la tierra debe por supuesto ser permanente, y permanecer mientras lo requiera la naturaleza y el propósito de cada obra. Por consiguiente, cuando se afirma que “no pasará esta generación sin que todo esto acontezca”, nadie supone que el reino y el poder y la gloria del Hijo del hombre habían de terminar con aquella generación. El reino mismo había de durar por siglos y siglos. Había de crecer como la roca cortada del monte, que ella misma “se hizo un gran monte, y llenó toda la tierra”. Había de crecer y funcionar como la semilla de mostaza  y la levadura hasta que cumpliera su propósito divino entre los hombres. Toda la enseñanza del Nuevo Testamento concerniente al reino de Cristo contempla un largo período, y la abolición de toda autoridad y todo poder que se le oponga; “porque es preciso que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies” (1 Cor. 15:25). La destrucción de Jerusalén fue uno de los primeros triunfos del reino del Mesías, y una señal de que Él estaba verdaderamente “sentado a la diestra del poder”.
El pasaje correspondiente en el evangelio de Lucas (21:25-28) es notable por sus diferentes formas de expresión, no por nada que parezca tener diferente significado. El lenguaje es el siguiente:
Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia delas gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria. Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca.
Estas líneas no son sino una versión diferente del oráculo como fue pronunciado originalmente por el Señor. Pueden considerarse como ejemplo de la peculiar manera de redactar de Lucas y, como los pasajes paralelos en Marcos y Mateo, son un cuadro apocalíptico de la crisis de la era pre-mesiánica. Nótese particularmente que el escritor lo contempla como algo que los contemporáneos de Jesús podían reconocer, y podían levantar sus cabezas en regocijante expectación de su pronta redención. No hay absolutamente nada que dé a entender un suceso que debía esperarse en una época distante. Las cosas de las cuales Jesús habló debían “comenzar a suceder” en el futuro cercano. Pero, por cuánto tiempo reinaría el Hijo del hombre, “sentado a la diestra del poder”, antes de que todos sus enemigos fuesen puestos debajo de sus pies; cómo sería predicado el evangelio en el mundo durante todo el período de su reino en el mundo: y cómo en otros tiempos y otras ocasiones el Hijo del hombre sería visto viniendo en su reino y viniendo en gloria — éstos son asuntos de los cuales Jesús no habló nada definido en aquella ocasión.
IV.
La cuarta sección consiste de consejos y advertencias, y no requiere ningún comentario especial aquí. Lucas tiene parte de estas amonestaciones en otro contexto, y cita el ejemplo de Lot y Sodoma como ilustración de la manera en que “sería en el día en que el Hijo del hombre sería revelado” (Lucas 17:30). Pero ya sea que hubiesen sido pronunciadas en esta ocasión o en alguna otra, hacen obvia referencia al mismo tema, y pueden haberse repetido en muchas ocasiones. Sin embargo, es de primordial importancia observar tres cosas en esta sección final.
(1) Los consejos y las amonestaciones estaban dirigidos a los discípulos. Ellos, y no los hombres de generaciones subsiguientes, habrían de ver las señales por las cuales podrían saber que  él estaba cerca, a las puertas. Lo que pueblos de otras tierras y tiempos futuros pudieran ver y saber no tiene nada que ver en este contexto.
(2) Estos consejos, así como lo que ha ocurrido antes en este discurso, responden directamente la pregunta de los discípulos-¿Cuándo serán estas cosas, y QUÉ SEÑAL podemos esperar que nos indique cuándo están a punto de tener lugar? En todo el discurso, él no ha pronunciado ni una sola palabra para informarles que el tiempo es mucho después de los días de ellos, y la señal de ello algo que ellos no vivirían para ver. Por el contrario, mencionó varias cosas que debían tener lugar primero, y luego mencionó, entre otras cosas, una notable señal, a cuya vista todos los que todavía quedasen en Judea debían huir a las montañas con la mayor premura. Tan significativa y ominosa sería “la abominación desoladora de pie donde no debía estar” que los registros más antiguos acompañan a las palabras la amonestación parentética: “El que lea, entienda”.
(3) Pero lo que debería zanjar la cuestión del tiempo más allá de toda controversia es la declaración sumamente enfática: “No pasará esta generación sin que todo esto acontezca”. Estas palabras tienen claramente el propósito de responder a la pregunta de los discípulos: “¿CUÁNDO serán estas cosas?” El significado de estas palabras es esencialmente el mismo que el de Marcos 9:1 y los pasajes paralelos de Mateo y Lucas. Las palabras inmediatamente antes de ellas muestran lo absurdo de aplicarlas a otra generación diferente de la de los apóstoles: “Cuando VEÁIS QUE ESTAS COSAS comienzan a suceder, SABED que él [o 'el reino de Dios' -- Lucas] está cerca, aun a las puertas. De cierto os digo, que no pasará esta generación”, etc. [29].
Pero no pocos expositores presumen de anular la intención de estas palabras afirmando que son manifiestamente inconsistentes con lo que sigue en Marcos y Mateo: “Pero del día y la hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles en los cielos, ni el Hijo, sino sólo mi Padre”. Es difícil entender cómo cualquier intérprete, no influido por prejuicios dogmáticos, pueda insistir en hacer que una de estas afirmaciones contradiga o excluya la otra. Pero no es difícil ver que, cuando una persona ya ha decidido en su mente que el reino de Cristo no ha venido todavía, que la “parusía” es un suceso todavía en el futuro, y que “el fin del siglo” no es el fin de la era pre-mesiánica sino “el fin del mundo”, el peso del dogma a su tiempo le obliga a anular el sencillo significado de palabras tan enfáticas como las que Jesús pronunciara jamás. [30] Si el lenguaje de Marcos 13:30 y de sus pasajes paralelos en Mateo y Lucas han de ser hechos a un lado arbitrariamente con estas bases, no vemos sino que es un procedimiento igualmente correcto rechazar la afirmación de la ignorancia de Jesús tocante al día y la hora lo cual, de hecho, no aparece en Lucas en absoluto. ¿Por qué no rechazar Marcos 13:32, que no tiene paralelo en Lucas, antes que el versículo 30, que aparece en todos los evangelios sinópticos? Este proceder arbitrario es una espada de dos filos, que puede cortar en una dirección y en la otra.
Pero en estas dos afirmaciones relacionadas de Jesús no encontramos ninguna inconsistencia. El significado claro y obvio de los dos dichos es éste: “Les aseguro, de la manera más solemne, que todas estas cosas ocurrirán antes de que esta generación haya pasado, y les doy estas señales por las cuales pueden conocer cuándo el fin está cerca de ustedes; pero yo mismo no sé ni el día ni la hora. Por tanto, velen y estén listos en todo momento”. Aquí no hay ninguna contradicción de ideas ni propósito; ninguna inconsistencia en absoluto. Pero suponer, como hacen algunos, que el día y la hora pueden ser siglos después de que aquella generación hubiera pasado, parecería estar involucrando a Jesús en una especie de ridículo absurdo. Porque, ¿en qué se diferenciaría esto de decir en esencia: “De cierto les digo que todas estas cosas sucederán en sus días, antes de que algunos de ustedes prueben la muerte; pero el día y la hora pueden estar varios miles de años en el futuro. ¡Velen y estén preparados!”.
Es enteramente consistente y racional en todo sentido afirmar positivamente que un suceso imprevisto tendrá lugar dentro de cincuenta años, pero alegar desconocimiento del año, el mes, la semana, el día y la hora. [31] El único motivo que podemos concebir para forzar una construcción diferente sobre las dos afirmaciones es la que ya hemos indicado arriba, a saber, una creencia de que el Hijo del hombre no ha venido todavía y que, por consiguiente, que su profecía del fin tiene que ser bien un fracaso o bien un suceso que todavía está en el futuro. Por el contrario, creemos que hemos mostrado, mediante una exégesis válida, que la venida del reino de Cristo y el fin de la era pre-mesiánica coincidieron con la destrucción del templo judío en Jerusalén.
Falta por tomar nota de algunas cosas peculiares al informe de Mateo sobre este discurso de Jesús. De acuerdo con su evangelio, la forma de la pregunta de los discípulos fue ésta: “¿Cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida(parusía) y de la consumación de la era (ounteleia ton aiwnos)?”. Parece que los discípulos ya habían inferido o supuesto que la venida y la consumación del siglo estarían conectadas de algún modo con la desolación del templo. Las palabras finales del capítulo 23 eran de una naturaleza tal que daba a entender todo esto.[32] Si no habría de ser así, y Jesús lo sabía, es inconcebible que los hubiese confirmado en esta creencia, como el lenguaje de Mateo 24 ciertamente estaba adaptado para hacerlo. ¿Qué significado, pues, hemos de atribuir a las palabrasvenida, y consumación del siglo?
La palabra parusía, comúnmente traducida como venida, está tan constantemente asociada, en la dogmática actual, con la meta última de la historia humana, que los lectores ordinarios pierden de vista su sencillo significado en el uso del Nuevo Testamento. La palabra significa presencia, en oposición a ausencia. Por ejemplo, leemos en Fil. 2:12: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia (en th parousia mon) solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia (en th apousia mon), ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. Pero, como la presencia personal de alguien implica una venida previa, esta palabra no está incorrectamente traducida como venida en muchos pasajes, y el verbo ercomai, venir, se emplea a menudo para denotar la aparición del reino de Cristo. [33] Pero, suponer que la venida o la presencia de Cristo debe ser necesariamente espectacular en cualquier sentido físico, una demostración de su persona en la atmósfera de la tierra, es poner la doctrina en gran confusión. ¿Por qué debe entenderse o explicarse la venida del Hijo del hombre en las nubes para ejecutar juicio sobre aquella generación, de una manera diferente de aquélla con que explicamos la expresión de que Jehová “monta sobre una nube ligera” y viene a ejecutar juicio sobre Egipto, como está profetizado en Isa. 19:1? Cualquiera que sea la verdadera naturaleza de la parusía como está contemplada en este discurso profético, nuestro Señor la asocia inconfundiblemente con la destrucción del templo y la ciudad, lo cual él representa como la señalada terminación de la era pre-mesiánica. La venida en las nubes, el oscurecimiento de los cielos, el colapso de los elementos son, como hemos mostrado arriba, formas familiares de lenguaje apocalíptico, tomado de los profetas hebreos. [34]
Esa otra expresión en Mateo: “la consumación del siglo”, es una frase de la cual se ha abusado mucho y ha sido ampliamente malentendida. La traducción común “el fin del mundo” ha engañado a muchos lectores de la Biblia inglesa. Ha ayudado a perpetuar la idea antibíblica de que la venida y el reino de Cristo no son hechos del pasado, el presente, y el futuro, sino sólo del futuro. La doctrina fundamental y distintiva de todas las ramas de los así llamados “adventistas” es que la venida del Hijo del hombre para establecer su reino en este mundo es únicamente un suceso del futuro. ¡Cristo todavía no tiene ningún reino entre los hombres! Hasta las parábolas de nuestro Señor, que ilustran el carácter espiritual del reino, son forzadas para que armonicen con el concepto de un advenimiento espectacular y una organización política. [35] Los que sostienen esta doctrina y, de hecho, no pocos de los que se oponen a ella, caen en error e inconsistencia al no captar el verdadero significado de la frase “el fin del siglo”.
Porque, primero que todo, no establecen claramente qué siglo (aiwn) se contempla en un texto como el de Mateo 24:3. De manera bastante general, suponen que se quiere decir el período de la dispensación del evangelio. Pero nada es más familiar en la terminología judía del tiempo de nuestro Señor que las frases corrientes: knk glnt y adknc glnt este siglo y el siglo venidero. Del período que precedió a la venida del Mesías se decía que era este siglo; del que siguió a su venida se decía que era el siglo venidero[36] No es importante considerar cuáles varias y a menudo contradictorias ideas asociaban los rabinos con el siglovenidero. Sus ideas eran tan variadas como las concernientes al carácter del Mesías mismo. Pero con este siglo querían decir, y no querían decir nada más que, el período actual en el que estaban viviendo, el siglo actual. Por consiguiente, la pregunta de los discípulos, tal como está registrada, sólo podía referirse a la era pre-mesiánica, y su consumación, como hemos visto, estaba asociada en sus mentes con la destrucción del templo. Pero, aunque se admitiera que la idea de ellos sobre “la consumación del siglo” era errónea, la enseñanza de Jesús era enfática más allá de toda pregunta racional de que aquella generación no pasaría antes de que se cumplieran todas las cosas sobre cuyo cumplimiento preguntaban.
Por consiguiente, el siglo venidero, la era mesiánica, sería el período que seguiría inmediatamente después de la terminación de la era pre-mesiánica. Ese tiempo todavía no había llegado cuando Jesús habló. Según tendencia entera de la enseñanza del Nuevo Testamento, esa era y el reino mesiánico estaban cerca, muy cerca. El ministerio de Cristo cayó en los últimos días de un aiwn. El evangelio de su reino debía estar firmemente establecido en el mundo antes del fin de aquel siglo. Así es que leemos en Heb. 9:26: “Pero ahora, en la consumación de los siglos (epi ounteleia twn aiwnwn), se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado”. También en Hebreos 1:1 está escrito: “Dios … en estos últimos días ha hablado por el Hijo”. De manera similar, Pedro (1 Pe. 1:20) habla de Cristo como “ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros”. Pablo también habla de sí mismo como viviendo cerca de la consumación de los siglos: “Estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Cor. 10:11). Por consiguiente, tanto el ministerio de Jesús como el de sus discípulos deben ser reconocidos como sucediendo en los últimos días de un aiwn, o cerca del fin de la era pre-mesiánica. Los escritores del Nuevo Testamento, y Jesús también, están claros sobre este punto. Nunca se representan a sí mismos como habiendo entrado en los primeros días, o el comienzo, del siglo, sino más bien en los últimos días.
Si ahora preguntáramos junto con los discípulos: ¿CUÁNDO serán estas cosas? o ¿en qué punto debemos reconocer el fin de la era pre-mesiánica?, debemos encontrar la respuesta en el discurso escatológico de Jesús, y en algún punto antes de que pasara aquella generación. “Los fines de los siglos” posiblemente tienen un punto definido de contacto y transición de un siglo al otro. Como el crepúsculo de la mañana, el siglo venidero puede proyectar sus rayos en la noche anterior, y así también, el siglo precedente puede participar en sus últimos días de muchas cosas que pertenecen al siglo venidero. [37] Pero tales hechos no afectan la cuestión de la señalada crisis que puede marcar conspicuamente el fin de un siglo y el comienzo de otro. ¿Hubo una crisis tal entre las dispensaciones judía y cristiana, que podamos señalarla y decir: “Ese fue preeminente y conspicuamente un suceso que marcó una época en la historia tanto del judaísmo como del cristianismo”?
Algunos escritores encuentran tal crisis o fin en la crucifixión de Jesús, y en el momento en que dijo: “Consumado es” (teteleotai). Otros dicen que fue en la resurrección: unos pocos designan la ascensión; pero muchos han enseñado que el derramamiento del Espíritu el día de Pentecostés fue la venida de Cristo en su reino, el fin de la antigua era y la llegada de la nueva. Para todas estas teorías, hay dos objeciones insuperables: (1) Son irreconciliables con la afirmación de Jesús de que el evangelio debía ser predicado primero “en toda la tierra habitada” (oikumenh), y (2) mucho después del día de Pentecostés, los discípulos hablan de que su obra tiene lugar en los últimos días, o cerca del fin de la época.
¿No es extraño que todos los estudiantes cuidadosos de las enseñanzas de nuestro Señor dejaran de entender su respuesta a esta misma pregunta? Los discípulos preguntaron definidamente: ¿CUÁNDO serán estas cosas? Y Jesús procedió a predecir una variedad de cosas que ellos vivirían para ver — todas antes del fin. Predijo los horrores del sitio de Jerusalén, y una señal inteligible por medio de la cual ellos podrían conocer la inminencia de la catástrofe del judaísmo. Y habiéndoles dicho todas estas cosas, y habiéndoles hablado de su propia venida en las nubes y su glorioso significado, añadió: “Cuando veáis que estas cosas comienzan a suceder, sabed que está cerca, a las puertas. De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca”. En consecuencia, la ruina del templo fue la crisis que marcó el fin de la era pre-mesiánica.
El evangelio de Mateo añade al discurso escatológico tres parábolas de amonestación, que ocupan la totalidad del capítulo veinticinco. La parábola de las diez vírgenes y el cuadro del juicio son peculiares a este evangelio, pero la parábola de los talentos parece ser, en esencia, idéntica a la de las minas (mnaj,minas) en Lucas 19:11-27. Las tres parábolas, como aparecen en Mateo, ya sea que fueran pronunciadas originalmente en este contexto o no, son de todo punto apropiadas al contexto. Son amonestaciones para velar y estar preparados para la venida del Señor, y no son esencialmente diferentes de los consejos de los cuales ya hemos tomado nota en la cuarta sección del discurso precedente (por ejemplo, Mateo 24:32-51). La conclusión de la parábola de las vírgenes es: “Velad, por tanto, porque no sabéis ni el día ni la hora”. La gran lección de la parábola de los talentos es que los siervos del Señor también tienen que hacer algo más que meramente velar. Deben ocuparse con diligencia en el servicio y los intereses de su dueño durante su ausencia temporal de ellos, ya fuera el tiempo largo o corto. No hay, pues, ninguna dificultad en cuanto a la intención de estas parábolas, y ninguna duda en cuanto a su relevancia al tema del cual Jesús habló en el monte de los Olivos.
Se supone que tiene mayor importancia el sublime cuadro registrado en Mateo 25:31-46, y la mayoría de los expositores ha creído que ese cuadro debe referirse necesariamente a un juicio general y formal de todas las naciones de hombres a la conclusión de la historia humana. Pero el lenguaje de Mateo es explícito al referirse al tiempo “cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con él”, y cuando “se siente en el trono de su gloria”. Habría una obvia inconsistencia en hacer la venida del Hijo del hombre diferente de la de Mateo 24:30 y 16.27, 28. ¿Cómo, pues, – se pregunta – puede este sublime ideal ser llevado a los límites de tiempo de la profecía de Mateo 24?
Las dificultades que se indican aquí surgen, bien de las suposiciones de una exégesis literalizante, o de no tener presente que la venida y el reino de Cristo son, por su naturaleza, un proceso, que tiene un comienzo histórico definido, pero que se extiende indefinidamente hacia los futuros siglos de los siglos. Por consiguiente, aunque la mayoría de las cosas enumeradas en el discurso precedente se cumplieron con la caída del judaísmo y el comienzo del cristianismo, otras cosas, por su misma naturaleza, son tales que, por necesidad, deben repetirse u ocurrir continuamente. Tal especialmente es la ejecución del juicio, una función de todo rey reinante. La doctrina bíblica del reino del Mesías no es que Dios, el Padre Todopoderoso, deja vacante su trono cuando Cristo asciende al cielo. Ni el concepto de Salmos 2:7-9, ni el de Salmos 9, ni Daniel 7:13-14, dan a entender que el Dios eterno es menos rey y soberano del mundo después de colocar a su Hijo ungido a su diestra y le “da dominio y gloria y un reino”. Desde ese momento en adelante, él juzga al mundo por Jesucristo, y el sublime cuadro de Mateo 25:31-46 es una parábola de este gran hecho. De aquí la fuerza y lo apropiado de las palabras: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces se sentará en el trono de su gloria”. Pero cuánto tiempo continuará sentado así en su glorioso trono de juicio y cuánto tiempo “debe reinar hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies” no es asunto de revelación específica. Por lo tanto, el ideal de juicio presentado en Mateo 25:31-46 no es un solo suceso, como la destrucción de Jerusalén. No ha de ser explicado literalmente como una sesión judicial formal que no se abrirá sino hasta el fin de la historia humana en la tierra. Más bien, es un cuadro parabólico sumamente impresionante de la administración secular de Jesucristo, desde el momento de la señalada destrucción de Jerusalén hasta que “entregue el reino al Padre” (1 Cor. 15:24). El ungido rey de gloria es juez de vivos y muertos, y es un grave error representar “el día del Señor” o “el día del juicio” como algo diferido hasta el fin del tiempo. En las porciones anteriores de este libro, hemos mostrado una y otra vez que “el día grande y terrible del Señor” es una frase profética notablemente plena de significado. La doctrina del Antiguo Testamento es que “el reino es de Jehová y él regirá las naciones” (Salmos 22:28). “Decid entre las naciones: Jehová reina. También afirmó el mundo, no será conmovido; juzgará a los pueblos en justicia. Vino a juzgar la tierra; juzgará el mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad” (Salmos 96:10, 13). El día del juicio para cualquier nación o ciudad malvada, o cualquier individuo malvado, es el tiempo en que la visitación penal llegue; y el juicio de los santos de Dios se manifiesta en todo suceso señalado que magnifique la bondad y condene la iniquidad. [38]
Pero esta divina administración del mundo, que en las escrituras hebreas es la obra de Jehová, es presentada en Daniel 7:13, 14 y representada en el Nuevo Testamento como entregada a Cristo. El Padre le ha dado “autoridad para ejecutar juicio porque él es el Hijo del hombre” (Juan 5:27) Y el Hijo del hombre vino, de acuerdo con el cuadro apocalíptico de Daniel 7:13 y Mateo 24:30, y ejecutó juicio sobre Jerusalén, culpable de “toda la sangre justa derramada en la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías” (Mateo 23:35, 36). Esa fue la primera demostración conspicua de su poder judicial, y marcó la crisis y el fin de la era pre-mesiánica. Por consiguiente, Cristo es ahora Rey y Juez, pero todas las cosas no le están sujetas, y debe reinar hasta que haya puesto todas las cosas en sujeción debajo de sus pies. Y esto no es otra cosa que el decreto: “Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra” (Salmos 2:7,8).   Concluimos, pues, que las adiciones peculiares a la versión de Mateo del discurso de nuestro Señor en el monte de los Olivos no contienen nada inapropiado a la ocasión, y nada inconsistente con el límite de tiempo definido de la profecía y la analogía de la escatología del Nuevo Testamento.
[Muchas gracias a John Bray, sin cuya obra inicial este trabajo jamás habría sido puesto en línea por Todd Dennis en 1997].
NOTAS:-
1. History of Jesus of Nazara, vol. v, p. 237. English translation. London 1881.
2. No es improbable que este sermón escatológico, presentado en Marcos 13, haya sido copiado de los dichos arameos originales de Mateo. El hecho de que éste es el único discurso de longitud notable en este evangelio, favorece este punto de vista, y se explica más naturalmente suponiendo que fue copiado de una obra como los dichos, que suponiendo que fue escrito a partir de los recuerdos y el dictado de Mateo. Por supuesto, esta hipótesis coloca a los dichos antes del evangelio de Marcos.
3. Una obra reciente (The Apostolic Gospel [El Evangelio Apostólico], con unaCritical Reconstruction of NT Text [Reconstrucción Crítica del Texto del NT], por J. F. Blair, Londres, 1896), notable por su intrepidez y la confianza de sus asertos, así como por la naturaleza conjetural de su contenido, afirma que Marcos 13:1-3 es puramente editorial e indigno de confianza, y que los pasajes correspondientes de Mateo y Lucas, que refieren este discurso apocalíptico a esta misma ocasión, son meras repeticiones del error de Marcos, junto con varias modificaciones editoriales. El autor ofrece una reconstrucción del evangelio apostólico original, en la cual se hacen a un lado arbitrariamente numerosas afirmaciones explícitas de los evangelistas y una gran porción de ellos es rebajada como indigna de confianza. Declara que “la única interpretación permisible de Lucas 17:24; Mateo 24:27 enseña que la venida del reino “es un suceso instantáneo, universal”, y no puede ser precedido por ninguna señal visible. Es notable el confianzudo prejuicio que controla su juicio de las cosas compatibles y las cosas incompatibles que Jesús haya dicho, y si sus principios, métodos, y conclusiones fueran aceptados, no vemos cómo nuestros evangelios sinópticos pueden ser principalmente dignos de confianza por afirmar las verdaderas enseñanzas de Jesús. En su análisis, lo que el Señor dijo está determinado por lo que el crítico piensa que Jesús debió haber dicho.
4. El intento de un número de críticos por reconstruir los dichos originales de Jesús por medio de lo que está escrito en nuestros evangelios sinópticos puede ser un servicio útil al estudio del Nuevo Testamento. Pero, cuando la reconstrucción llega hasta la presunción de acusar a todos los sinópticos de manifiesto error, podemos muy bien detenernos y preguntarnos si el procedimiento es verdaderamente científico, racional, y digno de confianza. Cuando se sostiene que todos los escritores estaban errados al referir este discurso de Jesús al tiempo y lugar asignados, o que Marcos cometió este error y Lucas y Mateo lo copiaron, tenemos derecho a exigir la más convincente clase de evidencia. Así también, cuando una afirmación como la de Marcos 13:30 y su declaración paralela en Mateo y Lucas, es echada fuera como apócrifa, y Marcos 13:24 y Mateo 24:29 son divorciados de su contexto con ninguna otra base que la de una supuesta incongruencia, debería proporcionársenos la más fuerte clase de prueba de esa incongruencia. El resultado de un trastorno como éste de la redacción de cualquier escritor es comprometerle en una estupidez casi increíble.
5. Commentary on the Gospel of Matthew (Amer. ed., 1864), p. 418.
6. Greek Testament with notes, in loco.
7. Marcos (13:3) y Mateo (24:3) dicen expresamente que el discurso ocurrió en el monte de los Olivos; pero Lucas (21:5-8) dan la impresión de que fue pronunciado mientras Jesús todavía estaba en el templo, donde su atención había sido llamada a las costosas piedras y adornos. Sin embargo, aquí no hay una verdadera discrepancia, porque Lucas 21:7 simplemente no dice si la pregunta de los discípulos fue hecha inmediatamente después de la declaración de Jesús en el versículo 6. Mat. 24:3 y Mar. 13:8 serían sacados fuera de sus lugares, y ello no alteraría en lo más mínimo la ocasión, el alcance, y la intención de las palabras del Maestro.
8. En esta exposición, no me ha parecido necesario considerar la idea de que Jesús mismo estaba en error en cuanto al tiempo o la manera de su venida. Su reconocida ignorancia del día y la hora no justifica que supongamos que él jamás afirmase un error.
9. ‘Entoj umwov’ puede significar, cierta y muy naturalmente, dentro de vosotros, es decir, en vuestras almas. Pero, dirigida a los fariseos, este significado no aplica, y la frase debería ser traducida aquí en medio de vosotros, un significado exigido por el contexto.
10. La afirmación de que el templo no fue demolido (kataluw) sino destruido por el fuego, y que algunas de las piedras de su fundamento todavía permanecen firmemente en pie, no invalida en lo más mínimo el notable cumplimiento de esta profecía, aunque la afirmación fuese cierta. En lenguaje profético, estas contradicciones de desastre naturalmente tienen una cierta medida de hipérbole. Comp. con Isa. 13:19, 20; Jer. 49: 17, 18; comp. también con Lucas 12:44; Miq. 3:12; Jer. 26:18. No es cumplimiento literal lo que hemos de esperar en ninguna de estas profecías.
11. “Nada puede conducir más a error al lector de habla inglesa” observa Russell, “que la traducción ‘el fin del mundo’; lo que, inevitablemente, indica el fin de la historia humana, el fin del tiempo, y la destrucción de la tierra — un significado que las palabras no soportan. … ¿Qué puede ser más evidente que la promesa de estar con sus discípulos hasta el fin del mundo implica que ellos habrían de vivir hasta el fin de la época? ¡Aquella gran consumación no estaba lejos; el Señor había hablado de ello a menudo, y siempre como un acontecimiento que se acercaba, y que algunos de ellos vivirían para ver. Era la liquidación de la dispensación mosaica; el fin del largo período de prueba de la nación teocrática; cuando todo el andamiaje y el tejido del gobierno judío habrían de ser barridos y el reino de Dios vendría con poder. Este gran acontecimiento, declaró nuestro Señor, habría de tener lugar dentro del límite de tiempo de la generación existente”. The Parousia, p. 121. Londres, 1887.
12. Hackett observa sobre este pasaje: “Una frase de esta clase tiene un sentido agregado, que es el verdadero, mientras que el deducido de la intención de las palabras separadas es falso”. Commentary on the Acts of the Apostles, in loco.
13. Uno no tiene sino que leer los libros tercero y cuarto de la obra de Josefo “Guerras de los Judíos”, para encontrar un asombroso registro de “guerras y rumores de guerras”, continuas revueltas y complots de ciudades incitadas a la rebelión por líderes sediciosos. Miles perecieron en estas guerras antes de que comenzara el sitio de Jerusalén, y las calamidades de las matanzas y la hambruna, y todo lo que hace terrible un conflicto desesperado, son detallados por el historiador judío de este período con repugnante minuciosidad.
14. Josefo, Wars of the Jews, books iv, chap. 7, S.
15. Es decir, las agonías que s esperaba que el pueblo judío experimentara en el proceso de transición hacia la era mesiánica. La idea de estos dolores mesiánicos fue derivada de Oseas 13:13, y concuerda con la figura de regeneración (paliggeneoi.a) como está usada en Mateo 19:28. Porque el gran propósito del reinado mesiánico es regenerar el mundo y hacer nuevas todas las cosas.
16. Antiquities of the Jews, libro xx, cap. viii, 5 y 6. Comp. también con Wars of the Jews, libro ii, 4 y 5. Este pretediente egipcio es sin duda idéntico al que se hace referencia en Hechos 21:38.
17. Debe observarse que sólo Mateo (24:5) añade las palabras de Cristo. Marcos y Lucas reportan simplemente el más indefinido Yo soy, dejando que suplamos, por el contexto, la idea de un engañoso pretendiente a la autoridad divina. Cualquier pretendiente como éste, ya sea que expresamente se haga llamar el Cristo o no, reclama el mismo gran poder.
18. Comentario sobre Mateo 24:5.
19. Testamento griego, con notas, etc., in loco.
20. Estas palabras de Lucas pueden entenderse como una sustitución por el escritor de lo que puede considerarse como el verdadero significado de las enigmáticas palabras proféticas que se encuentran en los dichos; y ellas indican que este tercer evangelio se escribió después de la destrucción de Jerusalén; mientras que las palabras parentéticas de Marcos Mateo (“el que lea, entienda”) sugieren que esos evangelios se escribieron antes de que se cumpliera esta profecía, y el paréntesis mismo no era parte del discurso del Señor, sino que fue insertado por los evangelistas.
21. Veáse su Wars of the Jews, libro vi, cap. 9, 8, 4.
22. Este es el punto de vista de Bengel, Meyer, y Van Oosterzee.
23. Véase la exposición de estas palabras de Daniel en la página 192 de este libro.
24. Uno debería comparar también el lenguaje análogo de Isa. 19:1; 24:28; Ezeq. 32:7, 8; Joel 2:81; 3:15; Miq. 1:3, 4. Compárese también con nuestro capítulo sobre los elementos apocalípticos en el cántico hebreo, páginas 24-37.
25. Véase especialmente las ilustraciones aducidas en el cap. 2, y las  páginas 27-30.
26. Compárese con Lightfoot, Horae Hebraicae en Evangelium Mattaei in loco.
27. “El claro significado de esto es”, dice el Dr. Adam Clarke, “que la destrucción de Jerusalén será un caso tan notable de retribución divina, una manifestación tan señalada del poder y la gloria de Cristo, que todas las tribus judías se lamentarían y, a consecuencia de esta manifestación de Dios, muchos  serían llevados a reconocer  a Cristo y a su religión”. Comentario, in loco.
28. Algunos expositores caen en el error de identificar la venida del Hijo del hombre con la destrucción de Jerusalén. Se debe más bien hablar de estos sucesos como coincidencias, en el sentido de que el reinado mesiánico es concebido como siguiendo inmediatamente después de la tribulación de aquellos días.  La destrucción de Jerusalén fue sólo un acto de juicio del Rey de gloria, y debería distinguirse así.
29. Los varios significados que, bajo la presión de las exigencias dogmáticas, se le han atribuido a la frase “esta generación”, deben parecerle absurdos en el más alto grado a los críticos no desprejuiciados. La frase ha sido explicada como la raza humana (Jerome), la raza judía (Dorner, Auberlen), y la raza de los creyentes cristianos (Crisóstomo, Lange). Pero, ¡qué insignificante trivialidad sería que alguien, y especialmente Jesús, dijera que la raza humana, o la raza judía, o el pueblo cristiano, no pasaría sino hasta que todas estas cosas sucedieran! ¿Quién imaginaría jamás lo contrario? Nada en la exégesis del Nuevo Testamento es capaz de prueba más convincente que la de que genea significa la gran masa de gente que vive en el período de tiempo de una vida promedio. Hasta en pasajes como Mt. 11:16 o Lucas 16:8, la clase de personas a la que se hace referencia son concebidos como contemporáneos.
30. Meyer, que no tiene ninguna teoría dogmática que sostener, y busca solamente el significado natural de estas palabras, observa: “La afirmación de Mt. 24:34 no excluye el hecho de que nadie sabe el día ni la hora en que había de tener lugar el segundo advenimiento, con los fenómenos que lo acompañarían. Había de ocurrir durante la vida de la generación que entonces existía, pero nadie sabe en qué día ni a qué hora dentro del período así indicado”. Critical and Exegetical Handbook on Matthew, in loco.
31. “Especificar el día y la hora”, dice Russell, “decir: ‘En el año treinta y siete, en el sexto mes, en el octavo día del mes, la ciudad será tomada y el templo incendiado’, no sólo habría sido inconsistente con el estilo de la profecía, sino que habría quitado uno de los más fuertes incentivos para la vigilancia y la oración constantes — la incertidumbre del momento preciso. “The Parousia”, p. 90.
32. “Los discípulos suponen, como cosa normal”, dice Meyer, “que, inmediatamente después de la destrucción en cuestión, el Señor aparecería, de acuerdo con lo que se dice en 23:39, para el propósito de establecer su reino, y que con esto terminaría la actual era (pre-mesiánica) de la historia del mundo”.Critical and Exegetical Handbook on Matthew, in loco.
33. Comp. con Mt. 16:27, 28; 24:30; 25:31; Juan 14:8; Ap. 1:7; 22:7.
34. Hechos 1:11 se cita a menudo para demostrar que la venida de Cristo debe ser, por necesidad, espectacular, “de la misma manera como le habéis visto ir al cielo”. Pero (1) en los únicos otros tres lugares donde ocurre bv rp61rov, de la misma manera, señala a un concepto general, más bien que a la forma particular de su realidad. Por eso, en Hechos 7:28, lo que es notable no es la forma particular en que Moisés mató al egipcio, sino el hecho cierto de ello. En 2 Tim. 3:8, es el hecho de la fuerte oposición, y no la manera especial en la cual Janes y Jambres resistieron a Moisés. Y en Mt. 23:37 y en Lucas 13:34, es el pensamiento general de protección, no la manera visible de un ave madre lo que se tiene en mente. Nuevamente (2), si Jesús no vino en aquella generación, e inmediatamente después de la gran tribulación que acompañó la caída de Jerusalén, sus palabras en Mt. 16:27, 28; 24:29, y pasajes paralelos, son altamente engañosas. (3) Hacer que las palabras únicas del ángel en Hechos 1:11 invaliden todos los dichos de Jesús sobre el mismo tema y controlen su significado es un método muy unilateral de interpretación bíblica. Pero todo lo que las palabras del ángel significan necesariamente es que, así como Jesús ascendió al cielo, así también vendría del cielo. Y este pensamiento principal concuerda con el lenguaje de Jesús y de los profetas.
35. Véase, por ejemplo, el apéndice del Dr. E. R. Craven en Basilea en la edición americana del Comentario de Lange acerca del Apocalipsis de Juan, pp. 93-100.
36. Véase de Schurer, History of the Jewish People in the Time of Jesus Christ, traducción inglesa, vol. 11, p. 177; Schoetgen, Horae Hebraicae, 1:1153-1158.
37. Debemos notar que muchas cosas de las cuales habló a manera de consejos y amonestaciones son tan aplicables a un período como a otro. La exhortación a velar, aunque tiene un motivo histórico especial y fuerza para con los discípulos, son una lección permanente como una de las cosas siempre vigentes para los siervos del Rey celestial. Así, muchas exhortaciones y consejos particulares de los profetas del Antiguo Testamento tienen valor permanente. Es de este modo como las escrituras de ambos testamentos son útiles para instruir en justicia.
38. No es necesario suponer hasta dónde y de qué manera Cristo ejecuta sus juicios o reúne a sus escogidos por medio del ministerio de los ángeles. El que “pone las nubes por su carroza, el que anda sobre las alas del viento, el que hace a los vientos sus mensajeros, y a las flamas de fuego sus ministros” (Salmos 194:3, 4; comp. con Hebreos 1:7), está presente en todas las grandes crisis de la historia de este mundo, y hace a sus ángeles espíritus ministradores para que sirvan a los que van a heredar la salvación (Heb. 1:14). Nuestro Señor representó a Lázaro como siendo llevado por los ángeles al seno de Abraham (Lucas 16:22). Pero no hay justificación en la Escritura para la idea de que, cuando los ángeles son enviados en misiones de misericordia o de juicio, sus operaciones son necesariamente visibles a ojos mortales. Cuando el impío Herodes Agripa permitió que se le honrara como un dios, inmediatamente un ángel de Dios le hirió y, siendo comido de gusanos, exhaló el espíritu”. (Hechos 12:22, 23). Los ojos humanos sólo vieron la maldición de una enfermedad atroz, o una plaga terrible; pero la Escritura ve tras de ello el poderoso ministerio de un ángel destructor (comp. con Éxodo 12:23; 2 Sam. 24:16). El efecto visible del juicio divino se hizo terriblemente manifiesto en las miserias sin paralelo de Jerusalén. La sangre justa de innumerables mártires fue visitada sobre aquella generación (Mt. 23:85, 86); y donde el historiador judío y registró tremenda tribulación y sufrimiento, la palabra de la profecía discernió una “revelación del Señor Jesús desde el cielo, con los ángeles de su poder (personal o natural) en fuego llameante, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio” (2 Tes. 1:7,8). De la misma manera, el Rey de gloria está continuamente juzgando y reinando entre las naciones, y no cesará en su obra de siglos hasta que “haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia” (1 Cor. 15:24).


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